Carestía de vida e impulso popular
La crisis económica y social constituye el primer aspecto de esta crisis general de la Revolución, donde casi zozobró la República en la primavera de 1793. Persistía desde el comienzo de la Convención, agravada por la política puramente negativa de la Gironda, que no había hecho sino defender los privilegios de las clases pudientes. La Gironda había contado con la explotación de los países conquistados para resolver la crisis económica. Su cálculo fue equivocado.
La crisis financiera empeoraba con la continua emisión de nuevos asignados, llevando consigo un aumento rápido del coste de la vida. Saint-Just, en su discurso de 29 de noviembre de 1792, había aconsejado que se detuviesen las emisiones y que se saneasen las finanzas, único remedio para la carestía: “El vicio de nuestra economía es el exceso de signo (entendamos del asignado). Hemos de comprometernos a no aumentarlo para que la depreciación no aumente. Hay que imponer la menor cantidad posible de moneda. Pero para lograrlo hay que disminuir las cargas del Tesoro público, bien dando tierras a nuestros acreedores, bien por la deuda pública, pero sin crear signo alguno”.
Saint-Just no fue escuchado. Cambon, que dirigía el Comité de Finanzas, prosiguió la política de inflación. A principios de octubre de 1792, la masa de asignados en circulación ascendía a cerca de dos mil millones: Cambon decretó el 17 de octubre una nueva emisión de 2.400 millones. La baja del asignado continuó, agravada por la muerte del rey y la guerra general. A principios de enero valía todavía del 60 al 65 por 100 su valor nominal; bajó en febrero a un 50 por 100.
La crisis de subsistencias se agravaba, como es lógico. Los asalariados ganaban por término medio 20 céntimos por día en el campo y 40 céntimos en París.
El pan costaba en ciertos lugares ocho céntimos la libra; las demás mercancías, especialmente los productos coloniales, tenían aumentos parecidos. El pan no sólo era caro, sino que estaba escaso. La cosecha de 1792 había sido buena, pero el trigo no circulaba. Saint-Just, en su discurso del 29 de noviembre, había desmontado el mecanismo de este hambre ficticia : “El labrador, que no quiere meter papel en su capital, vende de mala gana sus granos. En cualquier otro comercio hay que vender para vivir de estos beneficios. El labrador, al contrario, no compra nada; sus necesidades no están en el comercio. Esta clase estaba acostumbrada a guardar todos los años en especies una parte del producto de la tierra. Hoy prefiere conservar sus granos en lugar de amasar papel”. Las grandes ciudades carecen de pan. Los propietarios y los granjeros no tenían ninguna prisa para llevar sus granos al mercado y cambiarlos por papel-moneda desvalorizado.
La reglamentación que se había establecido durante el verano en favor del primer Terror hubiera permitido, sin duda alguna, vencer la mala voluntad de los productores, imponiendo el recuento de granos y autorizando su requisamiento. El ministro del Interior, y responsable de la economía Roland, partidario de la ortodoxia liberal más estricta, nada había hecho para aplicar esta legislación de circunstancias, sino todo lo contrario. El 8 de diciembre de 1792, la Convención anulaba la reglamentación del mes de septiembre y proclamaba de nuevo “la libertad más completa” del comercio de granos y harinas. La exportación, sin embargo, quedaba prohibida. Estaba prevista la pena de muerte para todos aquellos que se opusieran a que circulasen las subsistencias o que dirigiesen los tumultos. En resumen, los granos no circulaban ya, el precio variaba de una región a otra. En octubre de 1792, las 8 pintas valían 25 libras en L’Aube, 34 en Haute-Marne, 47 en Loir-et-Cher. El pan no costaba más que tres céntimos la libra en París; la Comuna lo había tasado como gastos a expensas del contribuyente. Roland no cesaba de denunciar esta prodigalidad. La Gironda decía que la competencia libre constituye un remedio universal y permanecía insensible a los padecimientos de las clases populares.
La crisis social se agudizó. A partir del otoño de 1792 desórdenes graves se fueron produciendo en los campos y en las ciudades. En Lyon, los trabajadores de la seda (“canuts”) estaban en paro por causa de la mala venta de las sedas; los comisarios de la Convención reforzaron la gendarmería y procedieron a hacer arrestos. En Orleáns las casas fueron saqueadas. Se produjeron desórdenes en octubre en Versalles, Rambouillet y Etampes. Los motines trigueros se generalizaron en noviembre en todo Beauce y en los departamentos limítrofes. Iban a los mercados grupos de tasadores. El 28 de noviembre había 3.000 en Vendôme; el 29, 6.000, armados, en el gran mercado de Courville, en Eure-et-Loir. Llevaban en el sombrero una rama de encina y se reunían al grito de “¡Viva la nación! ¡El trigo va a bajar!” La Gironda afirmó su política de clases; el orden quedó enérgicamente restablecido en Beauce.
En París, la Comuna y las secciones habían reclamado en vano la tasa el 29 de noviembre de 1792. Esta reivindicación había sido impulsada por los agitadores populares y los militantes de las secciones. El abate Jacques Roux, de la sección de Gravillers, pronunció un violento discurso el 1 de diciembre “sobre el juicio del último Luis, la persecusión de los estraperlistas, los acaparadores y los traidores”. En la sección de los Derechos del Hombre, un empleado de Correos de alguna importancia, Varlet, reclamó desde el 6 de agosto de 1792 el curso forzoso del asignado y las medidas apropiadas contra el acaparamiento. Llevaba a cabo su propaganda en las plazas públicas desde lo alto de una tribuna móvil. En Lyon, Chalier y Leclerc; en Orleáns, Taboureau, propagaban las mismas consignas: tasa de las subsistencias, requisición de los granos, reglamentación de la panadería, socorro para los indigentes y las familias de los voluntarios. La propaganda de esos militantes, los radicales, hizo muchos progresos entre las secciones parisinas. El aumento de la crisis económica trabajaba a su favor. El 12 de febrero de 1793 se presentó ante la Convención una diputación compuesta por cuarenta y ocho secciones de París:
“No es suficiente haber declarado que somos republicanos franceses; es preciso, además, que el pueblo sea dichoso, que tenga pan, pues donde no hay pan no hay leyes, ni libertad, ni República”.
Los peticionarios denunciaban “la libertad absoluta del comercio de granos” y reclamaban la tasa. El propio Marat estimó esta petición como una baja intriga… El 25 de febrero estallaron los desórdenes en el barrio de los Lombardos, centro del comercio de las mercancías coloniales. Se generalizaron y se continuaron los días siguientes. Los amotinados, las mujeres primero, después los hombres, hacían que se les entregase a la fuerza, a un precio por ellos marcado, azúcar, jabón y velas.
“Los tenderos, dirá Jacques Roux, no han hecho más que restituir al pueblo lo que le habían hecho pagar demasiado caro desde hacía tiempo”.
Pero tanto Robespierre como Marat denunciaron en esto “una trama urdida contra los propios patriotas”. El pueblo tenía algo mejor que hacer que rebelarse por unas miserables mercancías. “El pueblo ha de rebelarse no para obtener azúcar, sino para derribar a los ladrones”.
Si los radicales habían fracasado en su intento de imponer la tasa, sin embargo, habían planteado el problema. Los montañeses reaccionaron como los girondinos. Pero la crisis política, al agravarse, obligó a la Montaña para luchar contra la Gironda y salvar al país, a hacer concesiones al programa popular. El 26 de marzo de 1793, Jeanbon Saint-André escribía a Barère:
“Es imperioso hacer vivir al pobre si queréis que os ayude a llevar a cabo la Revolución. En casos excepcionales, sólo hay que tener en cuenta la gran ley de la salvación pública”.
La carestía de vida aceleró el fracaso de la Gironda.










