De la propaganda a la anexión (septiembre de 1792-enero de 1793)

De la propaganda a la anexión (septiembre de 1792-enero de 1793)

La conquista de la orilla izquierda del Rhin, de Saboya y de Niza impuso a la Convención problemas que hicieron que dudase algún tiempo en resolver.

El 29 de septiembre de 1792, el ejército del Var, bajo las órdenes de Anselme, había entrado en Niza. Montesquieu también había liberado a Saboya en medio de un gran entusiasmo popular. “El pueblo de las aldeas -escribía a la Convención el 25 de septiembre-, el de las ciudades, corren a nuestro encuentro. La escarapela tricolor se enarbolaba por doquier”.

En el Rhin, Custine se apoderaba de Spire el 25 de septiembre; de Worms, el 5 de octubre; de Maguncia, el 21; de Francfort, dos días mas tarde.

Bélgica había sido conquistada al mismo tiempo. Después de Valmy, los austríacos tuvieron que levantar el asedio de Lille el 5 de octubre. El 27, Dumouriez entraba en Bélgica; De Valenciennes estaba sobre Mons con 40.000 hombres, el mejor ejército francés, formado principalmente por tropas de combate. El 6 de noviembre de 1792 atacaba ante Mons, en torno al pueblo de Jemappes, que se tomó al asalto. Los austríacos, derrotados, se retiraron. El 14 de noviembre evacuaron Bruselas; Amberes, el 30. En un mes fueron echados de Bélgica hasta el Roër; Jemappes causó una profunda impresión en Europa. Valmy no fue más que un simple empeño. Jemappes era la primera gran batalla que se había dado y que habían ganado los ejércitos de la República.

La guerra de propaganda que desafió a Europa monárquica fue proclamada en noviembre. Nicenses, saboyanos y renanos pedían, en efecto, su anexión a Francia. La Convención dudó. El 28 de septiembre de 1792 oyó la lectura de una carta de Montesquieu; los saboyanos pedían que les dejasen formar el departamento número 34. “Tememos parecernos a los reyes al encadenar la Saboya a la República”, dijo Camilo Desmoulins. Delacroix interrumpió: “¿Quién pagará los gastos de la guerra?” Los propios girondinos estaban divididos. Anselme había municipalizado el condado de Niza. Lasource le vituperó en su informe del 24 de octubre: “¡Dictar leyes es conquistar!” Pero un partido poderoso empujaba a la acción, formado por numerosos refugiados extranjeros, particularmente activos en los franciscanos: renanos, belgas, liegenses y holandeses, suizos y ginebrinos del club helvético, saboyanos del club y de la legión de los Allobroges. Era un grupo muy mezclado, en que se señalaron Anacharsis Cloots, súbdito prusiano, y diputado por l’Oise en la Convención, “el orador del género humano”; el banquero ginebrino Clavière, el banquero holandés De Kock, el banquero belga Proli, a quien se suponía bastardo del canciller austríaco Kaunitz.

El 19 de noviembre de 1792 la Convención adoptó con entusiasmo el famoso decreto:

“La Convención nacional declara en nombre de la nación francesa que concederá fraternidad y socorro a todos aquellos pueblos que quieran su libertad y encarga al poder ejecutivo que dé a los generales las órdenes necesarias para socorrer a esos pueblos y defender a los ciudadanos que hubieran sido vejados o que pudieran serlo por causa de la libertad”.

La asamblea tendía a que se creasen repúblicas hermanas independientes. Brissot, entonces presidente del Comité diplomático, proyectó el 21 de noviembre un cinturón de repúblicas. El 26 escribía una carta al ministro Servan: “Nuestra libertad no estará nunca tranquila mientras quede un Borbón sobre el trono. Ninguna paz con los Borbones”. Y más adelante: “No podremos estar tranquilos más que cuando Europa, toda Europa, esté en llamas”. Grégoire anunciaba una Europa sin fortalezas ni fronteras. La nación emancipada se instruía protectora de los pueblos oprimidos.

La guerra de anexión salió, naturalmente, de la guerra de propaganda. Llamando a los pueblos a la Revolución, la Convención se comprometía a protegerlos. ¿Qué protección mejor que la anexión? Aquí se mezclaban consideraciones múltiples. Primero, de gran política: la guerra y la propaganda despertaban las ambiciones nacionales, los ejércitos franceses campaban por los Alpes y el Rhin, la conquista de las fronteras naturales parecía el fin que les había sido asignado. “La República francesa -según Brissot- no ha de tener por límites más que el Rhin”. Y el 26 de noviembre agregaba:

“Si hacemos retroceder nuestras barreras hasta el Rhin, si los Pirineos no separan más que a pueblos libres, nuestra libertad ha sido lograda”.

Propaganda y anexión estaban vinculadas indisolublemente. Intervenían consideraciones más concretas. La guerra costaba cara. ¿Cómo hacer para que las tropas viviesen en país ocupado? Anselme en Niza, Montesquiou en Saboya y Dumouriez en Bélgica, se esforzaban por pedir lo menos posible a las poblaciones, mientras que Custine, en Renania, vivía con su ejército sobre el país. Hasta noviembre de 1792 la Convención evitó intervenir. El 10 de diciembre, Cambon, representante de L’Hérault, miembro del Comité de Finanzas, expuso el problema con toda brusquedad:

“Cuanto más avanzamos en el país enemigo, tanto más ruinosa es la guerra, sobre todo con nuestros principios de filosofía y generosidad. Se repite sin cesar que llevamos la libertad a nuestros vecinos, ¡También les llevamos nuestro numerario, nuestros víveres, y no quieren nada con nuestros asignados!”

Las dificultades de la política de propaganda, las necesidades de la guerra precipitaron la evolución. Saboya abolía el Antiguo Régimen y pedía la anexión, pero en Bélgica, en Renania, la mayoría de la población mostraría un menor entusiasmo. Finalmente, las consideraciones de carácter financiero fueron las que prevalecieron.

El decreto de 15 de diciembre de 1792, a petición de Cambon, instituyó la administración revolucionaria en los países conquistados. Los bienes del clero y de los enemigos del Nuevo Régimen eran secuestrados para servir como prenda del asignado; los diezmos y los derechos feudales serían abolidos; los antiguos impuestos, reemplazados por los impuestos revolucionarios sobre los ricos; las nuevas administraciones serían elegidas por sólo aquellos que hubiesen prestado juramento a la libertad. “¡Guerra a los castillos! ¡Paz a las cabañas!” Según Cambon en su informe: “Todo lo que es privilegio, todo lo que es tiranía, ha de considerarse como enemigo en el país en donde entremos”.

Los pueblos conquistados tenían que aceptar la dicturadura revolucionaria de Francia. La aplicación del decreto de 15 de diciembre suponía el empleo de la fuerza. Esta política trajo consigo una desafección rápida, salvo una minoría revolucionaria decidida. Así, en Bélgica, confiscando los bienes de la Iglesia sin miramiento, la Convención se enajenó un sector de la población.

La anexión fue la única política posible para evitar la contrarrevolución en los países ocupados. Ya el 27 de noviembre de 1792, según el informe de Grégoire, la Convención decretó la anexión de la Saboya por un voto unánime, menos uno; el informador había invocado la soberanía popular (el 22 de octubre la Asamblea nacional de Allobroges reunida en Chambéry, después de haber abolido el Antiguo Régimen, había expresado el deseo de unirse a Francia), la geografía, el interés común de Saboya y de Francia. Niza unióse por decreto de 31 de enero de 1793. Ese día Danton reclamó la anexión de Bélgica y formuló con toda claridad la política de las fronteras naturales:

“Yo digo que es vano que se tema conceder demasiada extensión a la República. Sus límites están determinados por la Naturaleza. Los alcanzaremos en los cuatro rincones del horizonte: por el lado del Rhin, de los Alpes, del océano. Ahí es donde han de terminar los límites de nuestra República”.

En Bélgica la unión con Francia se votó ciudad por ciudad, provincia por provincia, durante todo el mes de marzo de 1793. En Renania se reunió una asamblea en Maguncia el 17 de marzo aprobando la anexión, que la Convención ratificó inmediatamente. El 23 de marzo, por último, el antiguo obispado de Bâle, transformado en departamento del Mont-Terrible, fue anexionado a su vez.

En esta fecha la alianza se constituyó, la guerra se generalizaba y las dificultades empiezan a surgir. Según el curso que seguían los acontecimientos, la suerte de la Gironda y de su política se vinculó indisolublemente a la de los ejércitos de la República.