El asalto de la contrarrevolución

El asalto de la contrarrevolución

La política moderada y conciliatoria de la Convención montañesa no había podido impedir la extensión de la guerra civil. En los departamentos en donde tenían fuerza, los girondinos se levantaron contra la Convención: la revolución federalista se extendía, mientras que la Vendée redoblaba sus esfuerzos y por todas las fronteras se cedía ante el empuje de la coalición.

El levantamiento federalista ocupó el puesto del movimiento seccionario del mes de mayo. La nueva insurrección parisina y la eliminación de los girondinos, cuyo arresto estaba decretado y que lograron escapar, y los 75 diputados de derechas firmantes de una protesta contra el 2 de junio que se les unieron levantaron a los departamentos. En Bretaña y en Normandía, en el Sudoeste y en el Mediodía, en el Franco-Condado, las autoridades departamentales siguieron el movimiento. Los dirigentes del movimiento seccionario, trocados en federalistas, constituyeron los comités y los tribunales de excepción para juzgar a los patriotas, cerrando sus clubs e intentando levantar a las tropas. Caen convirtióse en la capital del Oeste girondino; Burdeos, Nîmes, Marsella y Tolón cayeron en manos de los insurrectos, que tenían ya Lyon, donde Chalier fue ejecutado el 17 de julio. Hacia finales de junio aproximadamente 60 departamentos estaban en franca rebeldía contra la Convención. Pero la Vendée realista se interpuso entre Normandía y Bretaña, por una parte, y el Sudoeste, por la otra. Tolón rehusó, finalmente, a seguir a Burdeos, impidiendo así la unión entre Aquitania y el Bajo-Languedoc. Entre el mediodía provenzal y Lyon, La Drôme, animada por el jacobino Joseph Payan, constituyó un bastión patriota. Los departamentos de la frontera permanecieron fieles a la Convención.

El federalismo tuvo un contenido social más marcado que su aspecto político. Sin duda, la supervivencia de los particularismos regionales lo explica en parte, pero aun más todavía la solidaridad de los intereses de clase. Desde el 15 de mayo de 1793 Chasset, diputado por Rhône-et-Loire, escribía: “Se trata de la vida y después de los bienes”. Después del 2 de junio llegó a Lyon rebelde y se puso a la cabeza del movimiento. Al quedar fuera de la ley emigró y no volvió hasta el año lV. El levantamiento fue esencialmente obra de la burguesía, dueña de las administraciones departamentales, inquieta por la propiedad. Recibió el apoyo de todos los partidarios del Antiguo Régimen. Las municipalidades de reclutamiento más popular le fueron hostiles. A los obreros, a los artesanos, les repugnaba combatir para los ricos; las levas de hombres ordenadas por los departamentos rebeldes se enfrentaron con la indiferencia o la hostilidad popular. Por otra parte, los dirigentes de la insurrección se dividieron pronto. Los republicanos sinceros se resignaban de mala gana a seguir a los realistas. Inquietos por la invasión extranjera y la insurrección vendeana, dudaban hacer el juego de la reacción. Por el contrario, los realistas tomaron bien pronto la dirección del movimiento en el Sudeste, en particular en Lyon, en donde Précy obtuvo del rey de Sardeña un ataque de hostigamiento en los Alpes.

La represión fue organizada con vigor por la Convención, que se dedicó sobre todo a atacar a los jefes, perdonando a las comparsas. La amenaza más grande procedía de Normandía. Ninguna tropa protegía a París. Pero el 13 de julio de 1793, en Pacy-sur-Eure, ante algunos millares de hombres reclutados en las secciones parisinas, las columnas girondinas se desbandaron. Los jefes Buzot, Pétion y Barbaroux abandonaron Caen; después, Bretaña por Burdeos. Robert Lindet, enviado a Normandía, pacificó rápidamente al país, reduciendo la represión al mínimo. Si los departamentos del Franco-Condado se sometieron sin combatir, Burdeos se resistió más tiempo; no se tomó la ciudad hasta el 18 de septiembre. En el Sudeste se temía por momentos la unión de los rebeldes marselleses y de Nîmes con Lyon. Pero la Drôme continuó siendo fiel a la Montaña. El Pont-Saint-Espirit cayó en manos de los de Nîmes y fue reconquistado; los marselleses, que habían pasado el Durance, apoderándose de Aviñón, fueron rechazados. El 27 de julio las tropas del general Carteaux entraron en Aviñón; en Marsella, el 25 de agosto. Pero el 29 los realistas abrían Tolón a los ingleses y les entregaban la escuadra del Mediterráneo. Lyon se obstinó en la rebelión. Para volver a tomar esas ciudades fue necesario que se resolviese sitiarlas en regla. Cayó el 9 de octubre Lyon. Tolón se mantuvo hasta el 19 de diciembre de 1793. La represión fue terrible. Sin duda, a finales de agosto el peligro parecía haberse conjurado. La República casi había estado a punto de desarticularse en julio.

Las consecuencias de la revolución federalista fueron idénticas a las de la insurrección de la Vendée; acentuó la evolución hacia la supremacía del poder e hizo más fuerte el control de las organizaciones populares sobre los ciudadanos sospechosos de hostilidad o de tibieza respecto de la Revolución. Algunos girondinos no habían dudado en unirse a los realistas, aliados también al enemigo exterior. Como se habían apoyado en las clases pudientes, éstas, a su vez, se hicieron sospechosas. Más que nunca la Montaña y el pueblo de desarrapados se identificaron con la República.

La insurrección de la Vendée hacía mayores progresos. Los rebeldes, dueños de Saumur desde el 9 de junio de 1793, aplastaron a las tropas republicanas de Vihiers (Maine-et-Loire) el 18 de julio, apoderándose de Ponts-de-Cé el 27 y amenazando a Angers.

La invasión extranjera aumentaba también la amenaza. Desde su entrada en el Comité de Salud Pública, Danton negociaba en lugar de combatir. Pero con Bélgica y a la orilla izquierda del Rhin, de nuevo en poder de los coligados, hacía que Francia no dispusiese ya de baza que jugar. Puede ser que Danton, como se sospechaba, pensase utilizar a la reina y a los niños. La Constitución de 1793 estipulaba en su artículo 121: “El pueblo francés no hace la paz con un enemigo que ocupa su territorio”.

En la frontera del Norte los ingleses entraban en campaña. Un cuerpo de ejército de 20.000 hanovrinos, bajo las órdenes de York, reforzado por 15.000 holandeses, se disponía a sitiar Dunkerque. Los austríacos, bajo las órdenes de Cobourg, emprendieron metódicamente el sitio de las plazas fuertes que protegían la frontera del Norte. Condé cayó el 10 de julio; Valenciennes el 28. El Quesnoy y Maubeuge fueron cercados a continuación. No obstante, Custine, nombrado para dirigir el ejército del Norte, continuaba impasible; no tardó en convertirse en sospechoso para los patriotas.

En el Rhin los prusianos, bajo las órdenes del duque de Brunswick, se apoderaron de Maguncia. Cercada desde abril, defendida por 20.000 franceses, bajo las órdenes de Kléber y de Merlin de Thionville, representante en misión, la ciudad no capituló hasta el 28 de julio. Los ejércitos del Rhin y del Mosela tuvieron que retroceder en el Lauter y en Sarre; Landau fue sitiado.

En los Alpes, los piamonteses presionaban a las tropas de Kellermann, debilitadas por los cuerpos del ejército que habían sido llevados contra los federalistas del Mediodía provenzal y del valle Rhône para cercar a Lyon y a Tolón. Los pasos de la Maurienne y de Terentaise se mantuvieron con gran dificultad; Saboya quedó bien pronto invadida. Niza estaba amenazada.

En los Pirineos, los españoles forzaron la frontera y avanzaron sobre Perpiñán y Bayona.

En todas las fronteras los ejércitos de la República se batían en retirada. Las tropas, mal dirigidas, pasaban por una verdadera crisis moral. El mando, poco seguro, pasaba de mano en mano. El aristócrata Custine despreciaba profundamente al ministro, perteneciente a los desarrapados de la guerra, Bouchotte, un simple teniente-coronel. En Vendée se produjo el desorden. Los representantes en misión encargados de vigilar a los generales se entendían mal. En desacuerdo con Biron, un “ex” que mandaba en Niort, los unos sostenían a los generales desarrapados Rosin y Rossignol; los otros los denunciaban. Todos eludían la responsabilidad de los reveses. La situación parecía desesperada.

El asesinato de Marat, el 13 de julio de 1793, definió el peligro, tan enorme: en pleno París revolucionario, Charlotte Corday, una joven realista de Normandía, había podido matar al amigo del pueblo, queriendo atacar en él a una de las cabezas de la Revolución. Pero este acto dio nuevas fuerzas a la Montaña, impulsando el movimiento revolucionario. Marat era muy popular entre los desarrapados, pues siempre había ido en su ayuda con una bondad y una humildad profundas. Su asesinato promovió una gran emoción. Al deseo de venganza se agregó la exigencia de las medidas de salud pública. París le hizo grandiosos funerales, a los cuales la Convención asistió en masa, el 15 de julio. Su corazón quedó expuesto en las bóvedas de los franciscanos. Mártir de la libertad, Marat se convirtió con Lepeletier, asesinado el 20 de enero, y con Chalier, decapitado el 17 de julio de 1793, en una de las divinidades del panteón revolucionario.