Girondinos y montañeses
La ruptura de la tregua no tardó. Fue obra de la Gironda, que, frente a una Montaña todavía poco influyente, conservaba la mayoría con el apoyo del centro. La lucha entre los artesanos del 10 de agosto y los que no habían podido impedirla habría de durar hasta el 2 de junio de 1793, es decir, hasta la exclusión de los girondinos de la Convención y su proscripción. Siguió a este hecho una extrema violencia. Tomando la ofensiva desde el 25 de septiembre de 1792, primero, por medio de Lasource, representante de Tarn (“Es preciso que la influencia de París quede reducida, como la de cada uno de los demás departamentos, a una 83a parte”); después, Rebecqui, que representaba a Bouches-du-Rhône (“El partido…, cuya intención es establecer la dictadura, es el partido de Robespierre”), la Gironda se esforzó por destruir a los jefes montañeses que más odiaba, los triunviros, Marat, Danton, Robespierre. En vano Danton desautorizó a Marat (“No acusemos por causa de algunos individuos exagerados a una diputación en pleno”) y apeló a la unión: “Los austríacos contemplaban temblando esta santa armonía”. La Gironda, llena de odio obstinóse.
Contra Marat, la Gironda mantuvo ese 25 de septiembre de 1792 la acusación de dictadura. L’Ami du peuple contestó aceptando la acusación:
“Creo que soy el primer escritor político, y puede ser que el único en Francia desde la Revolución, que ha propuesto a un tribuno militar, a un dictador, un triunvirato, como único medio de aplastar a los traidores y a los conspiradores”.
Marat evocó sus
“tres años de calabozo y los tormentos pasados para salvar a la patria. ¡He aquí el fruto de mis vigilias, de mis trabajos, de mi miseria, de mis sufrimientos, de los peligros que he corrido! ¡Pues bien! Me quedaré entre vosotros haciendo frente a vuestra cólera”.
El debate fue corto. La Gironda tuvo que aceptar el decreto propuesto por Couthon sobre la unidad y la indivisibilidad de la República.
Contra Danton, a pesar de estar dispuesto a la conciliación, la Gironda fue más pérfida. El 9 de octubre de 1792 fue reemplazado en el Ministerio de Justicia por el girondino Garat. El 10, como todo ministro saliente de un cargo, Danton tuvo que rendir cuentas: si lo hizo para los gastos extraordinarios, no pudo, sin embargo, justificar el empleo de 200.000 libras pertenecientes a su ministerio para gastos secretos. El 18 de octubre Rebecqui volvió a la carga. Danton se embarulló en sus explicaciones y terminó por reconocer: “Para la mayoría de estos gastos confieso que no tenemos comprobantes muy legales”. Nuevo debate el 7 de noviembre. La Gironda actuó encarnizadamente. Por último, la Convención rehusó dar un voto de confianza a Danton, cuya honradez era dudosa. Desde ese momento, y en toda ocasión, la Gironda hostigaba a Danton con el problema de sus cuentas. Salió irritado, políticamente disminuído; su política de conciliación se hizo imposible.
En cuanto a Robespierre, el 25 de octubre de 1792, Louvet, representante del Loiret, le acusó con una violencia inaudita de ambicioso y dictador:
“Robespierre, yo te acuso de haberte presentado siempre como un objeto de idolatría; te acuso de haber tiranizado por todos los medios de intriga y miedo a la asamblea electoral del departamento de París; te acuso, por último, de haber pretendido el supremo poder…”.
Adelantándose a la acusación, el 25 de septiembre Robespierre había declarado:
“No me considero un acusado, sino el defensor de la causa del patriotismo… Lejos de ser ambicioso, siempre he combatido a los ambiciosos”.
Contestando a Louvet el 5 de noviembre, Robespierre llevó el debate a su verdadero terreno; hizo la apología del 10 de agosto y de la acción revolucionaria:
“Todas estas cosas eran ilegales, tan ilegales como la Revolución, la caída del trono y la Bastilla; tan ilegales como la propia libertad. No se puede querer una revolución sin revolución”.
Fue un nuevo golpe para la Gironda. Robespierre salió engrandecido del debate. Apareció como el jefe de la Montaña.
La consecuencia esencial de esos ataques fue enfrentar definitivamente a la Montaña con la Gironda. Produjeron al mismo tiempo la formación de un “tercer partido” entre la Gironda y la Montaña, el “partido de los flemáticos”, como lo denominó Camilo Desmoulins en La Tribune des patriotes: “Verdaderos oportunistas que se han colocado entre Brissot y Robespierre, como el abate D’Espagnac, entre la clase alta y la baja”. Los diputados independientes llegados de sus departamentos, ya repletos de prevenciones contra la Comuna y la Montaña, se inquietaron por las continuas denuncias de la Gironda, por sus recriminaciones sobre los acontecimientos pasados. Anacharsis Cloots, que había seguido a los girondinos desde hacía tiempo, se separó de ellos con escándalo, publicando un folleto titulado Ni Marat ni Roland, exclusivamente dirigido contra sus antiguos amigos. La formación del “tercer partido” fue cosa hecha a principios de noviembre de 1792. La Gironda no podía por sí sola dominar la Convención, perdiendo el 16 de noviembre la presidencia: ese mismo día fue elegido presidente de la Asamblea un independiente, el obispo constitucional Grégoire.
Habiendo sido nombrada la Convención por una minoría decidida a salvar la Revolución y el país, no se encuentra en ella, y en consecuencia, ningún realista partidario del Antiguo Régimen o de la monarquía constitucional. Los desarrapados, artesanos de las jornadas revolucionarias, partidarios de medidas económicas y sociales que facilitasen la existencia popular, no estuvieron tampoco representados; pero dominaban en todos los sectores parisienses, gracias a lo cual arrastraron en 1793 a la propia Asamblea. No hubo en la Convención partidos organizados, sino más bien tendencias hacia aquellas fronteras imprecisas que seguían dos estados mayores, los girondinos y los montañeses que se oponían entre sí esencialmente por intereses de clase.
La Gironda a la derecha, partido de la legalidad, repugnaba las medidas revolucio-narias tomadas por la Comuna de París, llena de montañeses y militantes de sección. Representaba a la burguesía pudiente, comerciante e industrial, que intentaba defender la propiedad y la libertad económica contra las limitaciones que reclamaban los desarrapados. En el terreno político, la Gironda continuaba hostil a todas las medidas de excepción que necesitaba el bienestar público: había desencadenado la guerra, pero rehusaba emplear los medios necesarios para ganarla. Contra la concentración de poder y la subordinación limitada de las administraciones, la Gironda invocaba el apoyo de las autoridades locales, entre las que dominaba la burguesía moderada. En el terreno económico, la Gironda, unida a la burguesía de los negocios, desconfiaba del pueblo, vinculándose apasionadamente a la libertad económica, a la libre empresa y al beneficio libre, hostil a la reglamentación, al impuesto, a la requisición, al curso obligado del asignado, medidas de las que los desarrapados eran, por el contrario, partidarios. Saturados del sentimiento de las jerarquías sociales, que creían salvaguardar y fortalecer, consideraban el derecho de propiedad como un derecho natural intangible, y al estar plenamente de acuerdo con los intereses de la burguesía propietaria los girondinos sentían hacia el pueblo una prevención instintiva, pues le consideraban incapaz de gobernar. Reservaban el monopolio del gobierno para su clase.
La Montaña, a la izquierda, representaba a la burguesía media y a las clases populares, artesanos, comerciantes, consumidores, que padecían la guerra y sus consecuencias, la carestía de vida, el paro y la escasez de salarios. Nacidos de la burguesía, los montañeses comprendieron que la crítica situación de Francia exigía soluciones extraordinarias que no podían ser eficaces más que con el apoyo popular. Así, pues, se aliaron con los desarrapados, que habían derrocado el trono y que se habían educado en la vida política con la insurrección. Su mayor contacto con el pueblo les hacía realistas; preferían, pues, los hechos a las teorías, y sabían anteponer el interés público al interés privado. En beneficio del pueblo, único sostén leal de la Revolución, estaban dispuestos a recurrir a las limitaciones de la propiedad privada y de la libertad individual. La mayoría de los jefes de la Montaña, diputados por París, conocían el importante papel que, tanto en la primera revolución de 1789 como en la segunda del 10 de agosto, desempeñaron las masas populares de la capital. Se rebelaban contra las pretensiones de los girondinos que pretendían, por causa de su miedo a las masas revolucionarias, reducir “tanto París como los demás departamentos a una 83a parte de su influencia”. Así lo había solicitado Lasource el 23 de septiembre de 1792.
Brissot escribía en octubre de 1972 su Appel à tous les Républicains de France, sur la société des jacobins de Paris, tachando a jacobinos y montañeses de “anarquistas que dirigen y deshonran a la sociedad de París”:
“Los desorganizadores son aquellos que quieren nivelar todo, las propiedades, el bienestar, los precios de las mercancías, los diversos servicios que pueden prestarse a la sociedad”.
Robespierre respondió por adelantado en el primer número de Lettres à ses Commettants el 30 de septiembre de 1792:
“La realeza ha sido aniquilada, la nobleza y el clero han desaparecido, el reino de la igualdad ha comenzado”.
Atacaba a los falsos patriotas:
“que no quieren constituir la República más que para sí mismos, que no saben gobernar nada más que en beneficio de los ricos y de los funcionarios públicos… ”
Les oponía a los verdaderos patriotas “que intentaran fundar la República sobre los principios de la igualdad y el interés general”.
Los jefes montañeses, los jacobinos sobre todo, se esforzaron en dar a la realidad nacional un contenido positivo capaz de reunir a las masas populares. La evolución de Saint-Just fue en este sentido significativa. En L’Esprit de le Révolution et de la Constitution de la France, publicado en 1791, todavía sin haberse desprendido de la influencia de Montesquieu, Saint-Just escribía:
“Donde no existe la ley no existe la patria. Por ello los pueblos que viven bajo el despotismo carecen de ella y posiblemente también desprecien y odien a las demás naciones”.
Superando este tema, lugar común del siglo XVIII, de la identidad patria-libertad, Saint-Just, en su discurso sobre las subsistencias, el 29 de noviembre de 1792, identificaba, tampoco con gran originalidad, patria y felicidad: “Un pueblo que no es feliz no tiene patria”. Pero va más lejos cuando subraya la necesidad de fundar la República, “sacar al pueblo de un estado de incertidumbre y miseria que le corrompe”. Denunciando “la emisión desordenada del signo”, es decir, del asignado, “podéis en un instante -dijo a los convencionales- dar (al pueblo francés) una patria”, deteniendo las consecuencias ruinosas de la inflación, asegurando al pueblo su subsistencia y vinculando “estrechamente su felicidad y su libertad”. Robespierre fue aún más claro el 2 de diciembre de 1792, en su discurso sobre las perturbaciones frumentarias en Eure-et-Loir: subordinando el derecho de propiedad al derecho de existencia, estableció el fundamento teórico de una nación libre respecto de las masas populares.
“Los autores de la teoría no han considerado las cosas más necesarias de la vida sino como una mercancía más; no han hecho diferencia alguna entre el comercio del trigo y el del añil; han hablado más del comercio de granos que de la subsistencia del pueblo… Para muchos han sido más importantes los beneficios de los negociantes o de los propietarios que la vida de los hombres, que apenas significaba nada… El primer derecho es el de existir. La primera ley social es aquella que garantiza a todos los miembros de la sociedad los medios de existir; todos los demás están subordinados a ella”.
Mientras que las necesidades de la guerra y su sentido nacional empujaban a los montañeses hacia los desarrapados, su espíritu de clase les alejaba de los girondinos, más que nunca parapetados en sus contradicciones. La Gironda había declarado la guerra, pero temía que recurrir al pueblo, cosa indispensable para combatir a la aristocracia y a la coalición, terminase comprometiendo la preponderancia de los poseedores. Rehusó hacer ninguna concesión. El 8 de diciembre de 1792, Roland restableció la libertad de comercio de granos, después que Barbaroux denunció a aquellos “que quieren leyes que atentan a la propiedad”. El 13 de marzo de 1793, Vergniaud subrayaba aún más claramente los fundamentos de clase de la política girondina denunciando las ideas populares, en cuestiones de libertad y de igualdad. “La igualdad, para el hombre social, no es más que la de sus derechos”. Vergniaud continuaba diciendo: “No es la de las fortunas, la de los tributos, la de la fuerza, el espíritu o la actividad de la industria y el trabajo”. Era mantener la primacía de la propiedad y de la riqueza. ¿Nostalgia girondina por la organización censataria de la nación?.. Al menos desconfianza ante el pueblo.
La rivalidad entre la Gironda y la Montaña revestía el aspecto de un conflicto de clase. Sin duda, la mayoría de los montañeses eran, como los girondinos, de origen burgués. Pero las necesidades de la defensa nacional y revolucionaria les impusieron una política en favor de las masas: política de acuerdo con los principios para algunos; para otros, política de circunstancias. El Terror que la Montaña aceptó y legalizó no fue, según Marx, “más que una forma plebeya de terminar con los enemigos de la burguesía, el absolutismo y el feudalismo”. De aquí tenía que venir la salvación de la revolución burguesa. Un problema muy complejo. Primero se trata de precisar la condición social de la burguesía montañesa, alta burguesía con frecuencia, que un hombre como Cambon, el financiero de la Convención, unido a la Montaña, representaba bastante bien. ¿Es una política que hace de la necesidad una virtud? Burgueses intransigentes más bien, rehuyendo todo compromiso y sin dejar a la nación y a su clase otra esperanza que el beneficio de la victoria y que aceptaron las necesidades de esta política. Burgueses intransigentes, puesto que beneficiándose con la Revolución, especialmente con la venta de bienes, y sabiendo que perderían todo si volvía al desquite la aristocracia, pronto, sin embargo, se cansaron de las medidas de limitación y de terror. Así, Danton y los indulgentes. La política de defensa nacional y revolucionaria se impuso desde fuera a la Convención: por los jacobinos y desarrapados. En esta coalición, sobre la que se apoyó el Gobierno revolucionario, fue sin discusión el elemento dirigente la burguesía jacobina media, que Robespierre encarnaba. Constituyó un vínculo necesario entre las fuerzas vivas del pueblo de desarrapados y aquel sector de la burguesía que pretendía llevar la revolución a su fin. Esta posición no dejó de tener sus contradicciones. En una gran parte da idea del proceso final de la política robespierrista. Provenía de la situación social de esta burguesía jacobina media, que simbolizaba bastante bien el carpintero Duplay, huésped de Robespierre, buen jacobino si los había. Si pertenecía por sus orígenes al mundo del trabajo, por los alquileres de sus casas no percibía menos de diez a doce mil libras de renta. Duplay era en realidad un empresario de carpintería con una situación bien saneada; encarnaba la ambigüedad jacobina.
El centro de la Convención, por último, estaba formado por una masa flotante de republicanos sinceros, resueltos a defender la Revolución, la llanura o los pantanos. Representantes de la burguesía, partidarios de la libertad económica, esos hombres, en el fondo de sí mismos, despreciaban a las clases populares. Pero republicanos sinceros, les parecía imposible, mientras la Revolución estuviese en peligro, romper con el pueblo protagonista del 14 de julio y del 10 de agosto. Aceptaron, finalmente, las medidas que reclamaban, pero a título temporal y hasta la victoria. Se inclinaron en principio por la Gironda: su actitud de odio y su incapacidad para evitar los peligros les separaron. Algunos se unieron a la Montaña y a su política de beneficio público: como Barère, Cambon, Carnot y Lindet. La masa formó ese tercer partido, cuyos contornos se precisaron en noviembre de 1792 y que, por último, aceptó la dirección de la Montaña, la única eficaz para asegurar la salvación de la Revolución.










