La derrota y la traición de Dumouriez

La derrota y la traición de Dumouriez

En marzo de 1793, cuando el peligro se cernía sobre las fronteras, se agravó la crisis política y el duelo Gironda-Montaña se recrudeció.

Los ejércitos republicanos habían perdido sobre el enemigo la ventaja del número a principios del año de 1793. Mal vestidos, mal alimentados, por causa de los robos de los proveedores, a quienes protegía Dumouriez, muchos de los voluntarios, haciendo uso del derecho que les daba la ley, volvieron a sus hogares después de una de las campañas. En febrero de 1793 los ejércitos franceses no contaban más que con 228.000 hombres de los 400.000 que tenían en diciembre de 1792. Una de las grandes debilidades del ejército consistía en la yuxtaposición de regimientos regulares y de batallones de voluntarios, con organización y estatuto distintos. Los voluntarios, vestidos con trajes azules, los azulitos, elegían a sus oficiales y recibían un sueldo más elevado. Estaban sometidos a una disciplina menos estricta y su compromiso era sólo para una campaña. Los soldados regulares vestidos de blanco, los blancos (“les culs blancs”), que habían suscrito un compromiso a largo plazo, estaban constreñidos por una disciplina pesada. Los jefes les eran impuestos. Los alborotos eran frecuentes, así como la envidia y el desprecio hacia los voluntarios.

La ley de la amalgama de 21 de febrero de 1793 hizo que cesase la dualidad del ejército, uniéndolo en un solo sistema nacional. La operación fue propuesta por Dubois-Crancé en su informe a la Convención de 7 de febrero: se reunirían dos batallones con un batallón de línea para formar media brigada. Los voluntarios comunicarían a los regulares su impulso y su civismo. En compensación estos les enseñarían la experiencia, el oficio, la disciplina. Los soldados elegirían sus oficiales, reservando sólo por antigüedad un tercio de los existentes. El 12 de febrero Saint-Just sostuvo con energía el proyecto de Dubois-Crancé:

“No es sólo del número y de la disciplina de los soldados de donde habéis de esperar la victoria: no la obtendréis más que en virtud de los progresos que el espíritu republicano haya hecho en el ejército”.

Y más adelante:

“La unidad de la República exige la unidad en el ejército; la patria no tiene más que un corazón”.
La “amalgama” se votó a pesar de la oposición de los girondinos. Las necesidades militares aplazaron, no obstante, su aplicación hasta el invierno de 1793-1794; pero a partir de la primavera de 1793, los uniformes, la soldada, los reglamentos quedaron uniformados. Los regulares quedaron asimilados a los voluntarios.

La leva de 300.000 hombres decretada el 24 de febrero de 1793 dio una solución a la crisis de los efectivos. La Convención intentó en balde retener a los voluntarios exaltando su patriotismo: “Ciudadanos, soldados: la ley os permite retiraros; el grito de la patria os lo prohíbe”. En nombre del Comité de Defensa General, Dubois-Crancé presentó el 25 de enero de 1793 un extenso informe en que la discusión finalizaba el 21 de febrero en proyecto completado y pormenorizado por el decreto del 24. La Convención ordenaba una leva de 300.000 hombres a repartir entre los departamentos. En principio se mantenían los compromisos voluntarios en el caso de que estos fuesen insuficientes.

“Los ciudadanos se verán obligados a completarlos y para ello adoptarán la fórmula que consideren más conveniente, por mayoría de votos” (art. 11).

Si las levas de 1791 a 1792 se hicieron con todo entusiasmo, la de 1793 halló serias dificultades. La responsabilidad incumbe en parte a la Convención, que había rehusado decir la forma de determinar el número que correspondía a cada departamento; sometiéndolo a las autoridades locales, sometió el reclutamiento al manejo de las rivalidades personales. Para evitar los inconvenientes de sacar a suertes o del escrutinio mayoritario, el departamento de l’Hérault decidió el 19 de abril de 1793 la requisición directa y personal. Un comité nombrado por los comisarios de la Convención a propuesta de las autoridades designaría a “los ciudadanos reconocidos como los más patriotas y más adecuados por su valentía, su carácter y sus medios físicos para servir útilmente a la República”. Un empréstito forzoso de cinco millones había sido impuesto a los ricos para pagar a la soldada, cubrir los gastos de equipamiento y socorrer a “la clase pobre”. Esta forma de reclutamiento tenía la gran ventaja de colocar la leva en manos de las autoridades revolucionarias; fue adoptada en general. La leva decretada el 24 de febrero de 1793 no dio ni la mitad de los hombres previstos. Sólo la leva en masa y el requisamiento general permitieron resolver el problema de los efectivos. Pero para llegar a eso hubo que sufrir nuevos reveses.

La ofensiva fracasada de Holanda señala los comienzos de la campaña de 1793. A pesar de las condiciones manifiestas de inferioridad de los ejércitos franceses se adoptó el plan de ofensiva preconizado por Dumouriez. El 16 de febrero de 1793 salía de Amberes, entrando en Holanda, con 20.000 hombres, apoderándose de Bréda el 25 de febrero. Pero el 1 de marzo el ejército de Cobourg, generalísimo austríaco, lanzóse sobre el ejército de Bélgica, disperso en sus cuarteles de la Roër. Fue un desastre. Aix-la-Chapelle, el 2 de marzo, y después, Lieja, fueron evacuados con un desorden extraordinario. En París estas derrotas promovieron una verdadera fiebre patriótica y provocaron los primeros decretos de salud pública. El 9 de marzo, las imprentas de los periódicos girondinos La Chronique de Paris y Le Patriote Français fueron saqueadas. Al día siguiente fracasó una tentativa de insurrección popular por falta de apoyo de la Comuna y de los jacobinos. Pero ese 10 de marzo quedó instituido el tribunal revolucionario para juzgar a los agentes del enemigo. “No conozco más que al enemigo; acabemos con el enemigo”, declaraba Danton.

La pérdida de Bélgica vino a continuación. Dumouriez había tenido que replegarse hacia el Sur de mala gana, ya que consideraba que el mejor medio de defender Bélgica era continuar su marcha sobre Rotterdam. Reagrupó las tropas de sus lugartenientes vencidos, Miranda y Valence; tuvo por un momento ventaja sobre Tirlemont el 16 de marzo, pero fue aplastado en Neerwinden el 18 de marzo de 1793 y vencido nuevamente en Lovaina el 21. Dumouriez entró entonces en relación con Cobourg, su vencedor; su plan era disolver la Convención y restablecer con la Constitución de 1791 la monarquía, en beneficio de Luis XVII. Dumouriez se comprometio a evacuar Bélgica. La Convención le envió a cuatro comisarios y Beurnonville, ministro de la Guerra, con el fin de destituirlo, pero Dumouriez les hizo prisioneros y les entregó a los austríacos el 1 de abril. Finalmente, Dumouriez trató de llevar su ejército sobre París. Sus soldados no quisieron seguirle. El 5 de abril de 1793 Dumouriez, acompañado de algunos hombres, entre ellos el duque de Chartres, hijo de Felipe-Igualdad, el futuro Luis Felipe, huía a toda marcha a las líneas austríacas bajo el fuego de los voluntarios del tercer batallón de l’Yonne, dirigido por Davout.

La pérdida de la orilla izquierda del Rhin fue la consecuencia de la pérdida de Bélgica. Después de las noticias de Neerwinden, Brunswick cruzó el Rhin el 25 de marzo de 1793, arrojando al ejército de Custine hacia el Sur. Worms y Spire fueron tomados. Custine se retiró hacia Landau, mientras los prusianos sitiaban Maguncia.

La coalición llevaba nuevamente la guerra a territorio nacional en el mismo momento en que la leva de 300.000 hombres desencadenaba la Vendée. Los aliados reunidos en Amberes, a principios de abril, no ocultaban sus fines de guerra: lograr la contrarrevolución y obtener compensaciones territoriales. La derrota exasperó las luchas políticas. La Gironda acusó a Danton de complicidad con Dumouriez. Enviado a una misión a principios de marzo y testigo de los primeros desastres, Danton sostuvo bastante tiempo a Dumouriez, esforzándose todavía el 10 de marzo en tranquilizar a la Convención. El 26 de marzo, la víspera de su traición, Dumouriez todavía tenía en Tournai una entrevista con tres jacobinos más que sospechosos, Dubuisson, Pereira y Proli, unidos a Danton. Con gran audacia, Danton devolvió la acusación contra la Gironda el 1 de abril de 1793, con aplausos de la Montaña. La traición de Dumouriez precipitó la caída de la Gironda.
3. La Vendée

La leva de 300.000 hombres planteó muchas cuestiones. El 9 de marzo de 1793, la Convención tuvo que enviar a 82 representantes en misión a los departamentos para vigilar las operaciones. Las mayores perturbaciones se produjeron en los departamentos del Oeste. En l’Ille-et-Vilaine se amotinaron al grito de “¡Viva el rey Luis XVII, los nobles y los sacerdotes!” En Morbihan, dos cabezas de partido de distrito, La Roche-Bernard y Rochefort, cayeron en manos de los insurrectos. Vannes fue cercada. El 23 de marzo, en Rennes, los representantes en misión, entre ellos Billaud-Varenne, escribían a la Convención: “La bandera blanca mancilla todavía la tierra de la libertad; se enarbola la escarapela blanca… Los principales agentes de la conspiración son los sacerdotes y los emigrados”. Esta insurrección bretona quedó sofocada en su nacimiento.

En la Vendée, en Maine-et-Loire, en los confines de Anjou y de Poitou, en el país de los Mauges, desde hacía tiempo minado por la influencia de sacerdotes y nobles, si la leva de 300.000 hombres no fue la causa profunda del levantamiento, fue por lo menos la ocasión. El 2 de marzo de 1793, día de mercado en Cholet, los campesinos se manifestaron contra la leva, y esta operación fue aplazada al día siguiente; el 3 los jóvenes se amotinaron. Las escenas de Cholet se repitieron por todas partes. El 10 de marzo, domingo, el día que se había fijado para el sorteo, se tocó a rebato en Saint-Florent-le-Vieil, y los campesinos se armaron con horcas, guadañas y trillos y dispersaron a los guardias nacionales. Había nacido la Vendée.

La insurrección de la Vendée constituyó la manifestación más peligrosa de todas las resistencias con que se había enfrentado la Revolución y atestigua también el descontento de las masas campesinas. La escasez, con frecuencia la miseria, en que vivían predisponían para que acogiesen el llamamiento de la reacción, enfrentándose a los burgueses de las ciudades, a menudo arrendadores, negociantes en granos y compradores de bienes nacionales. La crisis religiosa agitaba los departamentos del Oeste, de fe muy viva. Una congregación de misioneros, los mulotins, cuya sede estaba en Saint-Laurent-Sur-Sèvre, en el corazón de Bocage, los catequizaban desde fines del siglo XVIII. Los sacerdotes refractarios, muy numerosos, explotaban el sentimiento religioso de los campesinos, haciendo que se enfrentasen con la Revolución. El partido realista, una vez que la guerra se había generalizado, levantaba cabeza. Los campesinos de la Vendée, no obstante, no habían sostenido la revolución nobiliaria de agosto de 1791; no se movieron en 1792 para salvar a los buenos sacerdotes de la deportación.

La leva de 300.00 hombres tenía que ser muy mal acogida por los campesinos, pues les recordaba demasiado la milicia y la obligación de proporcionar, por sorteo, los soldados complementarios del ejército regular, la institución del Antiguo Régimen más odiada por los campesinos. La ley daba una aplicación arbitraria, dejando a los propios reclutas el cuidado de decidir quiénes debían partir. Dejaban el reclutamiento al manejo de las pasiones locales. Al grito de “¡La paz! ¡La paz! ¡Nada de levas!” los campesinos se levantaron el 10 de marzo de 1793 y los días siguientes, desde la costa hasta Bressuire y Cholet. El carácter simultáneo del levantamiento autoriza a pensar que fue concertado. Los campesinos, aunque excitados por los sacerdotes refractarios, no eran ni realistas ni partidarios del Antiguo Régimen. Se negaban a combatir lejos de sus pueblos. Los nobles, en principio sorprendidos, no tardaron en aprovechar el levantamiento para sus fines.

Desde el principio, muchas de las cabezas de partido del distrito, especialmente Cholet, cayeron en manos de los insurrectos. En Machecoul, antigua capital del país de Retz, los burgueses republicanos fueron torturados y asesinados. La guerra de Vendée tuvo en seguida un carácter despiadado y una extensión considerable. La insurrección fue favorecida por el estado del país y la propia geografía: caminos profundos bordeados de setos, que cortaban la perspectiva y se prestaban a la emboscada, con casas muy dispersas y granjas aisladas, con carreteras y poblados muy aislados y escasos, más la ausencia de tropas, ya que la Convención no envió en un principio más que a los guardias nacionales. Los jefes principales salieron del pueblo: el cochero Cathelineau y el guardabosques Stofflet, en los Mauges; en el Marais bretón, el antiguo recaudador de gabelas Souchu y el peluquero Gaston. Los nobles no aparecieron más que a principios de abril: Charette, en el Marais; Bonchamp y D’Elbée, en los Mauges; Sapinaud en el Bocage; en Poitou, La Rochejaquelein, todos ellos antiguos oficiales. Un sacerdote refractario, el abate Bernier, estuvo en el consejo del ejército católico real. Pero a los campesinos les repugnaba alejarse de sus parroquias, dejar sus tierras abandonadas. Los jefes tampoco pudieron combinar operaciones y sólo se limitaron a llevar cabo simples golpes de mano. Los campesinos se levantaban cuando los azules estaban cerca y se dispersaban en seguida que había terminado la batalla.

Los campesinos de la Vendée tampoco lograron éxitos importantes. Dueños de Bressuire, Cholet y Parthenay se apoderaron de Thouars el 5 de mayo de 1793; de Saumur, el 9 de junio. Pero fracasaron ante Nantes el 29 de junio. La costa se conservó gracias a la resistencia victoriosa de la burguesía de los puertos: los de Sables-d’Olonne rechazaron dos asaltos, el 23 y el 29 de marzo. La Vendée no pudo comunicarse con Inglaterra. La Convención había decretado el 19 de marzo, por voto unánime, la pena de muerte contra aquellos rebeldes que fueran cogidos con las armas en las manos, confiscando sus bienes. Solamente en mayo, el Consejo ejecutivo se decidió a enviar contra la Vendée tropas regulares retiradas de la fronteras. Se organizaron dos ejércitos: el de las Côtes-de-Brest, bajo el mando de Canclaux, y el de las Côtes-de-la-Rochelle, bajo Biron. Los generales republicanos también fueron vencidos. Westermann, el 5 de julio; Santerre, el 13. Hasta octubre de 1793 la Vendée permaneció invencible.

Las consecuencias fueron irremediables. La guerra civil exasperó a los republicanos, lanzándolos hacia los montañeses, que, siendo los únicos partidarios de una política de bienestar público, aparecieron como el partido de la defensa revolucionaria. Pero para vencer a la contrarrevolución, así como para vencer a la coalición, la Montaña tenía necesidad del apoyo del pueblo. Tuvo que tolerar a las masas populares ciertas concesiones: el 10 de marzo fue instituido el tribunal revolucionario; el 20, los comités de vigilancia; el curso forzoso del asignado se decretó el 11 de abril; el máximo almacenamiento de granos, el 4 de mayo. Todas las medidas de excepción fue preciso arrancárselas a la Gironda. La Vendée llevó al paroxismo la crisis de la Revolución, precipitando también la caída de la Gironda.

En su carta de 26 de marzo de 1793, Jeanbon Saint-André, representante de Lot, escribía a Barère:

“El bien público está al borde de su destrucción y casi tenemos la certeza de que sólo los remedios más rápidos y violentos pueden llegar a salvarle… La experiencia demuestra ahora que no se ha hecho la Revolución y que hay que decir abiertamente a la Convención nacional: Sois una asamblea revolucionaria. Estamos ligados del modo más directo a la suerte de la Revolución… y hemos de llevar a puerto el barco del Estado o bien perecer con él”.