La formación de la primera coalición (febrero-marzo de 1793)
La propaganda revolucionaria y la conquista francesa amenazaban los países de los Estados monárquicos. Estos respondieron organizando contra la acción revolucionaria una coalición general.
La ruptura con Inglaterra fue la primera que surgió. Después de la conquista de Bélgica, el gobierno inglés, dirigido por Pitt, empezó poco a poco a desviarse de la política de neutralidad. El 16 de noviembre de 1792, el Consejo ejecutivo francés proclamó la libertad de las bocas del Escalda sin preocuparse del Tratado de Munster, que las había cerrado; nuevo apoyo para los partidarios de la guerra en Inglaterra. El decreto prometía ayuda y socorro a los pueblos rebeldes y esto terminó por levantar a los dirigentes ingleses. Pitt multiplicó las medidas hostiles. Con la noticia de la ejecución de Luis XVI la corte de Londres se puso de luto; el embajador Chauvelin recibió la orden de abandonar el país el 24 de enero de 1793. El 1ro de febrero, según el informe de Brissot, la Convención declaró la guerra a la vez a Inglaterra y a Holanda. El conflicto se debía en buena parte al perjuicio de los intereses económicos. La ciudad de Londres, de la que Pitt era el intérprete, no podía soportar que Amberes estuviese en manos de los franceses. La Convención, por otra parte, vio en la guerra con Holanda un medio de lograr una operación financiera fructuosa, poniendo sus manos en la Banca de Amsterdam. Sobre todo la rivalidad comercial, marítima y colonial de Francia e Inglaterra se había exacerbado a finales del Antiguo Régimen. Tanto los dirigentes de la economía como de la política temían la competencia inglesa para Francia. Por el transporte de las mercancías al otro lado del mar Francia tenía que tributar a la marina inglesa; el Comité de comercio de la Convención lo hacía constar en su informe de 2 de julio de 1793. La lucha que se preparaba entre Francia e Inglaterra no era una guerra de monarca a monarca, sino, en muchos aspectos, de nación a nación, por lograr la supremacía, a la vez, política y económica.
La guerra general no tardó en producirse. La ejecución del rey no había sido más que un pretexto para Inglaterra; constituía una razón más seria en la guerra con España, donde el sentimiento monárquico estaba vivo. Después del 21 de enero, el primer ministro, Godoy, rehusó recibir a Bourgoing, encargado de Asuntos Franceses, que abandonó Madrid el 22 de febrero. El 7 de marzo la Convención votó por aclamación la guerra contra España. “Un enemigo más para Francia -decía Barère- es un triunfo más para la libertad”. La ruptura con los soberanos italianos surgió inmediatamente; con el Papa, cuando un agente diplomático francés, Bassville, fue asesinado el 13 de enero en una revuelta promovida por el clero; después, con Nápoles, con la Toscana y, por último, con Venecia. Con excepción de Suiza y de los Estados escandinavos, Francia se encontraba en guerra con Europa entera. “Son todos los tiranos de Europa -proclamaba Brissot- a los que tenéis que combatir tanto por tierra como por mar”.
La mayoría de los Estados europeos en guerra con Francia no estaban unidos: fue Inglaterra quien formó la coalición uniéndose sucesivamente a todos los beligerantes por medio de una serie de tratados, de marzo a septiembre de 1793. Así se constituyó, poco a poco, la primera coalición, de la cual Inglaterra fue el alma.
La Revolución no podía contar más que con ella misma. Así, pues, la Gironda no había preparado la guerra. Los éxitos de los coligados determinaron su destino.










