La guerra o la paz (invierno de 1791-1792)
El conflicto de intereses y de ideas de la Revolución y del Antiguo Régimen creó una situación diplomática difícil. Lejos de apaciguar el conflicto, los brissotinos y la Corte, por razones de política interior, empujaron poco a poco a la guerra, mientras que se oponía a ello en vano la minoría, muy débil, guiada por Robespierre.
El partido pro guerra reunió, de una manera que puede parecer paradójica, a los brissotinos y a la Corte.
La guerra la quiso la Corte, porque no esperaba su salvación más que de la intervención extranjera y porque continuaba practicando la misma política doble. El 14 de diciembre de 1791, el rey hizo saber al elector de Tréveris que si antes del 15 de enero de 1792 no había dispersado las concentraciones de emigrados no verían en él más que “a un enemigo de Francia”. La Corte esperaba salir del incidente con la intervención extranjera, reclamada en vano. Luis XVI, el mismo día que amenazaba al elector de Tréveris, advertía, en efecto, al emperador que deseaba que su ultimátum fuese rechazado:
“En lugar de una guerra civil, será una guerra política, escribía a su agente Breteuil, y las cosas irán mejor. El estado físico y moral de Francia hace que le sea imposible sostener a medias una campaña».
En ese mismo 14 de diciembre, María Antonieta decía a su amigo Fersen: “¡Los muy imbéciles! ¡No ven que esto es servirnos!” La Corte precipitó a Francia a la guerra con la secreta esperanza de que sería vencida y que la derrota les permitiría restaurar el poder absoluto.
Los brissotinos deseaban la guerra por razones de política interior y de política exterior. En el plano político, los brissotinos creían obligar, por la guerra, a los traidores y a Luis XVI a desenmascararse. “Señalemos en principio un lugar a los traidores -dijo Gaudet en la tribuna de la Asamblea legislativa el 14 de enero de 1792-, y que este lugar sea el cadalso». Los brissotinos consideraban que la guerra estaba de acuerdo con los intereses de la nación:
“Un pueblo que ha conquistado su libertad después de diez siglos de esclavitud, había declarado Brissot a los jacobinos el 6 de diciembre de 1791, necesita la guerra: es preciso la guerra para consolidarla».
Y ese mismo Brissot, en la Asamblea legislativa, el 29 de diciembre: “Ha llegado el momento, por fin, en que Francia ha de desplegar ante los ojos de Europa el temperamento de nación libre, que desea defender y mantener su libertad». Y de forma más exacta en el mismo discurso: “La guerra actualmente es un beneficio nacional: la única calamidad que hay que temer es que no haya guerra. Son los intereses de la nación los que aconsejan la guerra».
¿Pero de qué nación se trataba? El discurso más claro en este sentido fue el de Isnard, el 5 de enero de 1792, en la Asamblea legislativa. No basta con “mantener la libertad”, hay que “consumar la Revolución”. Isnard daba contenido social a la guerra que se anunciaba: “Se trata de una lucha que va a establecerse entre el patriciado y la igualdad». El patriciado, entendemos la aristocracia; en cuanto a la igualdad, no es más que la igualdad constitucional, definida por la organización censataria del sufragio:
“La clase más peligrosa de todas, según Isnard, se compone de muchas personas que acaban con la Revolución, pero esencialmente una infinidad de propietarios, de negociantes ricos; en fin, una masa de hombres opulentos y orgullosos que no pueden soportar la igualdad, que echan de menos una nobleza a la que aspiran…; en fin, que odian la nueva Constitución, madre de la igualdad».
Se trata, en efecto, de la Constitución de 1791 y de la igualdad deseada, “que no es sino la de los derechos” , como bien pronto afirmaría Vergniaud. La guerra que deseaban los girondinos sólo se refería a los intereses de la nación burguesa.
Las preocupaciones económicas no eran menos evidentes. La burguesía de los negocios y los políticos a su servicio deseaban acabar con la contrarrevolución, especialmente para restablecer el crédito del asignado necesario para la buena marcha de las empresas. Con los considerables beneficios que los abastecimientos de los ejércitos proporcionaban, la guerra tampoco desagradaba al mundo de los negocios. La guerra continental contra Austria, mejor que la marítima con Inglaterra, pues esta última comprometía al comercio de las Islas y la prosperidad de los puertos. Habiéndose producido la guerra continental en abril de 1792, los girondinos no declararon la guerra a Inglaterra más que en febrero del año siguiente.
En el plano diplomático, los brissotinos se habían levantado esencialmente contra Austria, símbolo del Antiguo Régimen. Estaban dispuestos, apoyados por los refugiados políticos, a desencadenar la guerra que liberara a los pueblos oprimidos. “Ha llegado el momento para una nueva cruzada -proclamaba Brissot el 31 de diciembre de 1791-. Es una cruzada de libertad universal». Isnard ya había amenazado a Europa con comprometer “a los pueblos en una guerra contra los reyes”. La guerra se convirtió en el centro de todas las preocupaciones políticas:
“¡La guerra! ¡La guerra!, escribía un diputado en enero de 1792. Este era el grito que de todas partes del Imperio llegaba a mis oídos».
El partido de la paz retrasó algún tiempo la entrada en la guerra. Los triunviratos y los ministros de su grupo eran opuestos a la política belicosa de la Corte y de la Asamblea. En enero de 1792, Barnave y Du Port dirigieron a Leopoldo un memorándum recomendándole que dispersase a los emigrados.
La política de guerra halló en Robespierre su adversario más claro y obstinado. Sostenido en principio por Danton y algunos periódicos demócratas, Robespierre resistió casi solo la corriente irresistible que arrastraba tras los brissotinos al conjunto de los revolucionarios hacia la guerra. Durante tres meses, con una clarividencia asombrosa, Robespierre, en la tribuna de los jacobinos, se opuso a Brissot, en lucha tan tremenda que hizo que se dividiera para siempre el partido revolucionario. Había comprendido que la Corte no era sincera al proponer la guerra. En su discurso de 2 de enero de 1792 a los jacobinos, comprueba que la guerra agrada a los emigrados, a la Corte, a los fayettistas, que el lugar del mal no está solamente en Coblenza: “¿No se trata de París? ¿No hay, pues, relación alguna entre Coblenza y otro lugar que no está lejos de nosotros?” Es necesario, sin duda, llevar a cabo la Revolución y consolidar la nación, pero Robespierre invierte el orden de urgencia:
“Empezad por tener en cuenta vuestra posición interna: poned el orden dentro de la nación antes de llevar la libertad fuera”.
Antes de hacer la guerra y enfrentarse con los aristócratas fuera es preciso dentro dominar a la Corte, depurar al ejército. La suerte puede ser adversa: el ejército está desorganizado por la emigración de los oficiales aristócratas; las tropas están sin armas y sin equipos; las plazas, sin municiones. Tampoco estamos en buenas relaciones con el pueblo desde el momento que se le lanza a la guerra. Es preciso armar a los ciudadanos pasivos, reanimar el espíritu público. Incluso en el caso de lograr la victoria, ésta puede verse en peligro por intentonas de algún general ambicioso… La oposición clara y valiente de Robespierre fue insuficiente para detener el impulso.










