La invasión detenida: Valmy (20 de septiembre de 1792)

La invasión detenida: Valmy (20 de septiembre de 1792)

El primer Terror no fue sólo un motín popular y una medida de Gobierno contra los enemigos del interior; fue también una reacción contra el peligro exterior, y contribuyó a asegurar la victoria. Bajo la influencia de la Comuna y de la Asamblea, la defensa nacional recibió un impulso vigoroso. A partir del 12 de julio de 1792, por medio de una ley, se había decidido que se llamase a 50.000 hombres para completar el ejército en campaña y a 42 nuevos batallones de voluntarios (33.600 hombres). En París la proclama de la patria en peligro se dio el 22 de julio; 15.000 voluntarios parisinos se enrolaron en una semana. En algunos departamentos el entusiasmo fue muy notable. En los departamentos del Este fueron movilizados, desde finales de julio, 40.000 guardias nacionales. Para fomentar los alistamientos, el Consejo general de Puy-de-Dôme enviaba el 7 de septiembre comisarios a cada cantón con la misión de describir a los guardias nacionales reunidos “la triste perspectiva si después de los esfuerzos que ya se habían hecho nos viésemos obligados a caer de nuevo bajo el yugo de la esclavitud”. Los comisarios tenían que recordarles “todas las ventajas que esta Revolución nos ha procurado: la supresión de los diezmos, de los derechos feudales..”. No se podía subrayar de modo mejor el contenido social de esta guerra revolucionaria. Con diferencia a la de 1791, la leva de voluntarios de 1792 estaba compuesta por pocos burgueses, pues esencialmente eran gentes de oficio, artesanos y cuadrilleros.

Al mismo tiempo se esbozaba el sistema económico, que se repitió en el año II, para armar y equipar los ejércitos. La Comuna de París requisó las armas y los caballos de lujo, las campanas y la plata de las iglesias; creó talleres para los uniformes de las tropas. El Consejo ejecutivo ordenó el 4 de septiembre la requisa y tasa de granos y piensos en beneficio del ejército. Pero el régimen de requisamientos asustaba a la burguesía, vinculada a la libertad económica; se afirmaban las repercusiones sociales de los problemas de la defensa nacional y se dibujaba la línea de escisión entre girondinos y montañeses.

El avance prusiano se definía. El 2 de septiembre Verdún, minado por la contrarrevo-lución y la traición, capituló después del asesinato por los realistas del comandante patriota de la plaza Beaurepaire, teniente coronel del batallón de voluntarios de Maine-et-Loire. El 8 de septiembre, el ejército enemigo llega a Argonne, pero chocó por todas partes con el ejército francés dirigido por Dumouriez. Un cuerpo de ejército austríaco, el 12 de septiembre, llegó a forzar el desfiladero de la Croix-aux-Bois. Dumouriez se retiró hacia el sur, hacia Sainte-Menehould. El camino de París estaba abierto. Pero el 19 de septiembre, Kellermann, que dirigía el ejército de Metz, tomó contacto con Dumouriez: los franceses tuvieron a partir de entonces la superioridad numérica (50.000 hombres contra 34.000).

Valmy fue menos una batalla que un simple cañoneo. Pero sus consecuencias fueron inmensas. Brunswick pensaba envolver a los franceses con una hábil maniobra; el rey de Prusia, impaciente, le dio orden de atacar inmediatamente. El 20 de septiembre de 1792, después de un violento cañoneo, el ejército prusiano se desplegó hacia mediodía, lo mismo que en una maniobra, delante de las alturas de Valmy ocupadas por Kellermann. El rey de Prusia esperaba una huida desordenada; los desarrapados resistieron y redoblaron el fuego, Kellermann, agitando su sombrero en la punta de su espada, gritó: “¡Viva la nación!” Las tropas, de batallón en batallón, repitieron la consigna revolucionaria: bajo el fuego de las tropas más ordenadas y reputadas de Europa ni un solo hombre retrocedió. La infantería prusiana se detuvo. Brunswick no se atrevió a ordenar el asalto. El cañoneo continuó durante algún tiempo. Hacia la seis de la tarde empezó a diluviar. Los ejércitos durmieron en sus posiciones

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El ejército prusiano permanecía intacto. Valmy no constituye una victoria estratégica, sino una victoria moral. El ejército de los desarrapados resistió ante el primer ejército de Europa. La Revolución revelaba su fuerza. A un ejército profesional adiestrado en la disciplina pasiva se oponía victoriosamente el nuevo ejército nacional y popular. Los aliados pensaron que no sería fácil vencer a la Francia revolucionaria. Goethe estaba presente; se ha grabado sobre el monumento en Valmy su frase referida por Eckermann: “Desde hoy y desde este lugar empieza una nueva era en la historia del mundo”.

Después de transacciones con Dumouriez y del alto el fuego, el ejército prusiano se batió en retirada, destrozado por una marcha penosa, bajo un suelo empapado por las continuas lluvias, diezmado por una disentería epidémica, hostigado por los campesinos de la Lorena y Champaña, que se levantaban contra los invasores y emigrados. Dumouriez siguió lentamente al ejército prusiano sin querer aprovecharse de sus dificultades para aplastarlo. Esta penosa retirada significaba también una victoria para la República recién proclamada. Verdún fue liberado el 8 de octubre; Longwy, el 22.

El 20 de septiembre de 1792, el mismo día de Valmy, la Asamblea legislativa cedía su puesto a la Convención nacional.