La réplica revolucionaria

La réplica revolucionaria

La crisis económica y social agravaba aún más las tareas de la Convención montañesa, pero al mismo tiempo empujaba a las masas a la acción revolucionaria.

La crisis de las subsistencias y de las mercancías de primera necesidad continuaba siendo la causa principal del descontento popular. El máximo almacenaje de granos, adoptado el 4 de mayo de 1793, no se había aplicado. La Convención, reconociendo su fallo, permitió en julio a los departamentos y a los representantes de la misión que se suspendiese. Sin duda, los desarrapados parisinos no sufrían por la carestía del pan, mantenido a tres céntimos la libra por la Comuna gracias a las subvenciones gubernamentales. Pero la irregularidad de los suministros reducían poco a poco las reservas, reapareciendo las colas a la puerta de las panaderías, apoderándose la inquietud del pueblo. La carestía también alcanzaba a las demás mercancías, mientras que las revoluciones departamentales que siguieron al 2 de junio contribuían a agravar la crisis de la carne, haciendo cada vez más difícil su llegada. En julio de 1793 la libra de ternera tuvo un aumento con relación a junio de 1790 de un 90 por 100; la de buey, de un 136 por 100. Estallaron los desórdenes por todas partes debido a la carestía de la vida. El 21 de junio detuvieron en el arrabal Saint-Antoine a un hombre que gritaba: “Antaño el jabón no valía más de doce sueldos; hoy vale 40. ¡Viva la República! El azúcar, doce sueldos; hoy, cuatro libras. ¡Viva la República!”

La crisis del asignado aumentó las consecuencias de la crisis de los alimentos. La inflación seguía su curso, acentuando el alza de los precios. Desde la muerte del rey y la coalición general, el papel-moneda no cesaba de bajar llegando en julio a menos del 30 por 100 de su valor nominal. Su descrédito produjo la huida de capitales al extranjero, el desarrollo de la especulación, el acaparamiento de mercancías, la aceleración del alza de los precios.

Los fanáticos se aprovecharon para reavivar el descontento general, reprochando a la Convención su inmovilismo en el dominio económico y social. El 8 de junio de 1793, en el Consejo general de la Comuna, Varlet dio lectura de su Declaration solennelle des Droits de I’ homme dans I’ Etat social, para que acabase “por medios justos con la desproporción de fortunas”, que

“los bienes amasados a expensas de la fortuna pública por medio del robo, el estraperlo, el monopolio, el acaparamiento, se conviertan en propiedades nacionales”.

El 15 de junio, la Comisión de los Derechos del Hombre pidió un impuesto general y una ley contra los acaparadores. El 25, en la tribuna de la Convención, Jacques Roux presentó una petición amenazadora:

“Va a presentarse la ley constitucional a la sanción del pueblo soberano. ¿Pero habéis proscrito la especulación? No. ¿Habéis pronunciado la pena de muerte contra los acaparadores? No. ¿Habéis determinado en qué consiste la libertad comercial? No. ¿Habéis defendido la venta del dinero acuñado? No. Pues bien, nosotros os decimos que no habéis hecho todo cuanto debéis para el bienestar del pueblo. La libertad no es sino un vano fantasma cuando una clase de hombres puede acusar a la otra impunemente; la igualdad no es sino un vano fantasma cuando el rico, por el monopolio, ejerce el derecho de la vida y de la muerte sobre un semejante. La República no es más que un vano fantasma cuando la contrarrevolución actúa de día en día gracias al precio de las mercancías, a las que tres cuartas partes de los ciudadanos no pueden llegar sin verter lágrimas. Legislad una vez más. Los desarrapados con sus picas harán que se ejecuten vuestros decretos”.

Al día siguiente las perturbaciones producidas por la carestía del jabón estallaron a las puertas de París y duraron tres días, del 26 al 28 de junio; las lavanderas eran quienes descargaban los barcos de jabón y quienes se dividían la mercancía después de haberla tasado. El pueblo desarrapado iba a la cabeza, y terminó por arrasar a la Montaña.

La renovación del Comité de Salud Pública, el 10 de julio de 1793, respondía a la gravedad de la crisis. Los militantes populares, en su ardor, proponían medidas de defensa nacional y revolucionaria en proporción al peligro. Todavía había que evitar que las medidas extremas no separasen de la República a la burguesía revolucionaria, que hasta ahora la había sostenido. La necesidad de un gobierno revolucionario que disciplinase al movimiento popular, se hacía cada vez más urgente. No había sabido ni rechazar la invasión extranjera ni prevenir la insurrección federalista, ni tampoco resolver el problema del asignado y la crisis de subsistencias. A remolque de los acontecimientos, más bien que dominándolos, dejó que la situación empeorase. El 10 de julio la Convención renovó su Comité de Salud Pública: Danton quedó eliminado.

El nuevo Comité, elegido por votación nominal, comprendía nueve miembros. Tres de entre ellos quedaron rápidamente anulados: Gasparin, partidario hasta el final del general Custine; Hérault de Séchelles, partidario de un “ex” muy pronto sospechoso, Thuriot, amigo de Danton. El núcleo montañés del Comité estaba formado por Couthon, Saint-Just, Jeanbon, Saint-André, y Priour del Marne. Barère y Lindet, llegados de la “llanura” se unieron a ellos. Estaban convencidos de que la Revolución no podía vencer más que por la fuerza del pueblo de los desarrapados. Había, por lo tanto, que satisfacer sus reivindicaciones, abastecer nuevamente a la población de los ciudadanos con vistas al hambre y a la carestía y dirigir todas las energías populares contra la aristocracia y la coalición.

El asesinato de Marat, el 13 de julio de 1793, endurecía aún más la política montañesa ante el empeoramiento de la crisis política. Hébert y los fanáticos se disputaron la sucesión del amigo del pueblo. A partir del 16 de julio, Jacques Roux se apresuró a publicar una continuación de su periódico: Le Publiciste de la République Française por l’ombre de Marat, L’ Ami du peuple. El 20 aparecía a su vez L’ Ami du peuple par Leclerc. El 21 de julio, sin embargo, en los jacobinos, Hébert gritó: “Si es preciso dar un sucesor a Marat, si es necesario una segunda víctima para la aristocracia, está dispuesta: soy yo”. Se estableció una especie de subasta demagógica entre las hojas populares. Un sector del partido montañés, donde sobresalían Hébert y Chaumette, para no desvincularse de los desarrapados parisinos, armó por su cuenta el programa de los fanáticos. Unos y otros denunciaron con un vigor cada vez mayor a la aristocracia del comercio, a la aristocracia burguesa y mercantil. El hambre se sentía cada vez más, y un gran número de panaderos cerraban sus tiendas por falta de harina. El sector de la Maison-Commune instituyó el 21 de julio un sistema de cartilla de racionamiento: las peticiones se multiplicaban; las colas a las puertas de las tiendas eran tumultuosas.

“Hace tiempo que los pobres desarrapados padecen y protestan, escribía Hébert en el número 263 de su “Père Duchesne”; han hecho la revolución para ser felices”.

Apenas constituido el nuevo Comité de Salud Pública, corría el riesgo de ser desbordado.

La ley sobre acaparamiento fue votada en esas condiciones el 26 de julio de 1793. Constituye por parte de la Convención una concesión táctica. Billaud-Varenne había propuesto, en efecto, una escapatoria: el remedio al hambre no era el impuesto, sino el castigo a los acaparadores, es decir, aquellos comerciantes que no hiciesen la declaración de las mercancías de primera necesidad, que las tuviesen almacenadas y que no pusiesen la lista en su puerta. La ley podía aparecer como una concesión importante al programa de los fanáticos, pues el comercio pasaba al control de los comisarios de sección en cuanto a los acaparamientos. Pero la ley fue aplicada con lentitud: pronto se consideró como una satisfacción simbólica concedida a los desarrapados.

El Comité de Salud Pública quedó completo el 27 de julio de 1793 con el nombramiento de Robespierre, que se había convertido en su defensor. La autoridad del Comité cerca de la Convención estaba lejos de afirmarse: la ley sobre acaparamiento había sido votada sin consultarle. Se notaba en la Asamblea una oposición sorda contra sus primeras decisiones, especialmente el arresto de Custine en la noche del 21 al 22 de julio. Robespierre sostuvo al Comité contra sus adversarios; entró el 27 de julio. El 14 de agosto quedaron elegidos a su vez Carnot y Prior de la Côte-d’Or; el 6 de septiembre, Billaud-Varenne y Collot d’Herbois. Todos ellos de tendencia y temperamentos opuestos (Carnot y Lindet se consideraban socialmente conservadores; Billaud y Collot, con inclinación a los desarrapados), pero todos ellos, hombres honrados, trabajadores y autoritarios, unidos por la voluntad de vencer, supieron mantenerse unidos durante un año, hasta la victoria. Fue el gran Comité del año ll.

Robespierre por su reputación revolucionaria, impuso la política del Comité a la Convención y a los jacobinos. Previsor y valiente (lo demostró en su lucha solitaria contra el movimiento general que llevó a la declaración de la guerra), elocuente, desinteresado. El incorruptible (el único hombre de nuestra historia que mereció ese calificativo) tenía la confianza de los desarrapados. Vinculado a los principios, supo, sin embargo, plegarse a las circunstancias y actuar como hombre de Estado. Colocaba toda su autoridad revolucionaria en la Convención, expresión de la soberanía nacional. Pero para ser fuerte y eficaz el Gobierno ha de apoyarse en el pueblo y permanecer unido estrechamente a él. Durante la insurrección del 31 de mayo al 2 de junio Robespierre había anotado en su agenda:

“Se precisa una voluntad, una… Para que sea republicana, es necesario que haya ministros republicanos, un Gobierno republicano. Los peligros interiores provienen de los burgueses. Para vencer a los burgueses es preciso unir al pueblo…; que el pueblo se alíe con la Convención y que la Convención se sirva del pueblo”.

Del 13 al 21 de julio Robespierre dio lectura en la Convención al plan de Lepeletier de Saint-Fargeau sobre la educación nacional:

“Las revoluciones que se han venido sucediendo durante tres años han trabajado para las otras clases de ciudadanos, casi nada todavía para la más necesitada, para los ciudadanos proletarios cuya única propiedad es el trabajo. El feudalismo está destruido, pero eso no sirve para ellos, pues nada poseen en los campos liberados. Las contribuciones están repartidas de modo más equitativo, pero por su misma pobreza esta clase es casi inaccesible al impuesto… La igualdad civil está establecida, pero la instrucción y la educación les faltan…Aquí está la revolución del pobre…”

Si Robespierre y los hombres del Comité veían claramente la situación, estaban menos seguros, sin embargo, de los medios a emplear. Las grandes medidas de defensa nacional y revolucionaria, la leva en masa, el terror, la dirección de la economía fueron impuestos desde fuera, a favor de la crisis del mes de agosto de 1793, bajo la presión del movimiento popular.