Las jornadas del 31 de mayo-2 de junio de 1793
El duelo sostenido por la Gironda y la Montaña había entrado, en efecto, en su fase final: la Montaña tenía necesidad del sostén de las masas populares. La posición parlamentaria de la Gironda seguirá siendo fuerte. Sin embargo, no conservaba el Gobierno. Roland presentó su dimisión el 22 de enero de 1793, siendo reemplazado en el Interior por el prudente Garat; en Justicia, Gohier evitaba comprometerse, pero en Guerra el coronel Bouchotte, verdadero ministro desarrapado, reemplazó a Beurnoville el 4 de abril; el 10, Dalbarade, un amigo de Danton, fue nombrado ministro de Marina, reemplazando a De Monge. Lebrun, en Asuntos Exteriores, y Clavière, en Contribuciones Públicas, eran los únicos ministros girondinos. En la Convención, la “llanura” votó todas las medidas de salud pública propuestas por la Montaña; pero no fiándose de la Comuna de París, rehusó seguir a la Montaña en su lucha contra la Gironda, pretendiendo situarse por encima de los partidos.
Robespierre atacó el 3 de abril de 1793:
“Declaro que la primera medida de salud pública que hay que tomar es decretar la acusación de todos aquellos que han sido sospechosos de complicidad con Dumouriez, y especialmente Brissot”.
El 10 de abril denunciaba de nuevo la política contrarrevolucionaria de los jefes de la Gironda y de su culpable complaciencia en favor de Dumouriez. Vergniaud respondióle sin temor a presentar su partido como el de los moderados:
“Sí, somos moderados… Desde la abolición de la realeza he oído hablar mucho de Revolución. Me he dicho a mí mismo: no hay más que dos posibilidades: la de propiedad o ley agraria y la que nos lleve al despotismo. He tomado la firme resolución de combatir a la una y a la otra… Se ha intentado llevar a cabo la Revolución por el terror. Hubiera querido hacerlo por el amor. Nuestra moderación ha salvado a la República de ese azote terrible, la guerra civil..”.
El 5 de abril de 1793 los jacobinos, bajo la presidencia de Marat, se dirigieron a la sociedades afiliadas por medio de una circular invitándoles a pedir el decreto de destitución de los apelantes, los convencionales, que habían votado la apelación al pueblo para salvar al rey. El 13 de abril, a propuesta de Gaudet y después de violentos ataques, 226 votos contra 93 y 47 abstenciones, la Convención votó acusar a Marat por haber firmado la circular del 5 en calidad de presidente del club. Denunciado al tribunal revolucionario, Marat se presentó como “el apóstol y el mártir de la libertad”. Fue triunfalmente recibido el 24 de abril. El 15 de abril 35 secciones parisinas sobre 48 presentaron a la Convención una petición amenazadora contra los 22 diputados girondinos más significados.
Con el fin de volver a tener influencia sobre la opinión, la Gironda hizo un gran esfuerzo, llevando el debate al terreno social. A finales de abril de 1793, Pétion dio a conocer su Lettree aux Parisiens, exhortando a todos los propietarios al combate:
“Vuestras propiedades están amenazadas y cerráis vuestros ojos ante ese peligro. Se excita la guerra ente aquellos que poseen y los que no poseen y no hacéis nada vosotros para evitarla. Parisienses: salid al fin del letargo y haced entrar en sus guaridas a esos insectos venenosos”.
Al mismo tiempo, Robespierre leía en la Convención, el 24 de abril de 1793, un proyecto de declaración de derechos que subordinaba la propiedad a la utilidad social:
“Habéis multiplicado los artículos para asegurar la libertad al ejercicio de la propiedad y no habéis hablado de cuanto se refiera a determinar el carácter de su legitimidad, de forma que vuestra declaración parece hecha no para los hombres, sino para los ricos, los acaparadores, los estraperlistas y los tiranos”.
Robespierre proponía, por tanto, definir la propiedad, “el derecho que cada ciudadano tiene para gozar y disponer de la parte de bienes que le garantiza la ley”. Derecho natural según la declaración de 1789, la propiedad se convertía en una institución social. Pero no se puede ocultar el carácter táctico de la toma de posiciones de Robespierre: para vencer a la Gironda era necesario interesar a los desarrapados en la victoria con la esperanza de una democracia social.
En los departamentos, sin embargo, la Gironda hacía el juego de la aristocracia y de la contrarrevolución, dando la mano a un movimiento seccionista, del cual, y con frecuencia, los realistas tomaron su dirección. Si en Burdeos, el 9 de mayo de 1793, las secciones dominadas por la burguesía del comercio se contentaban con un aviso amenazador contra los anarquistas de la Montaña es que La Vendée estaba cerca. Y lo mismo sucedía en Nantes. En Marsella los jefes de sección, los girondinos, aliados con los aristócratas, habían expulsado a los representantes en misión, el 29 de abril; se formó un comité general de las secciones, que se dedicó a perseguir a los desarrapados y a los jacobinos. En Lyon se afirmó la contrarrevolución abiertamente. Se apoderaron de la mayoría de la secciones el 29 de mayo; moderados y realistas derrocaron a la municipalidad montañesa; el alcalde, Chalier, fue detenido. Se le ejecutaría el 17 de julio de 1793. Era la tercera víctima de la libertad. Por todas partes la resistencia girondina obstaculizaba la actuación de los representantes en misión en los departamentos. Los particularismos locales se enfrentaban con el poder central. Las tendencias federalistas se afirmaban. Con la complicidad, con frecuencia activa, de la Gironda, los intereses de clase dominaban sobre las necesidades de la defensa nacional; la burguesía continuaba siendo monárquica y los partidarios del Antiguo Régimen paralizaban la defensa revolucionaria.
Para triunfar definitivamente, la Gironda emprendió la lucha contra la ciudadela montañesa, la Comuna de París. Contestando a L’Histoire des Brissotins, ou Fragment de l’Histoire secrète de la Révolution, de Camilo Desmoulins, presentada el 17 de mayo a los jacobinos, Guadet denunció al día siguiente ante la Convención a las autoridades de París, “autoridades anarquistas, ávidas tanto de dinero como de poder”. Propuso su inmediata anulación. Inmediatamente se instituyó una comisión de encuesta compuesta por doce miembros, formada tan sólo de girondinos. La Comisión de los Doce ordenó el arresto de Hébert el 24 de mayo, por el número 239 del Père Duchesne. La gran denuncia del Père Duchesne a los desarrapados en los departamentos, a propósito de los complots organizados por los brissotinos, los girondinos, los rolandinos, los buzotinos, los petronistas y toda la secuela de cómplices de Capeto y Dumouriez por asesinar a los bravos montañeses y jacobinos y a la Comuna de París, para dar el golpe de gracia a la libertad y restablecer la realeza. Fueron detenidos otros militantes populares, Varlet y Dobsen, presidente de la sección de la Cité. Estas medidas de represión desencadenaron la crisis final.
El 25 de mayo la Comuna reclamaba la liberación de Hébert. Su substituto, Isnard, que presidía la Convención, se lanzó con una diatriba contra París que recordaba descaradamente el manifiesto de Brunswick:
“Si insurrecciones, siempre florecientes, sucediese que se atentaba a la representación nacional, declaro en nombre de Francia entera que París quedaría barrido; pronto se buscaría por las orillas del Sena si París había existido”.
Al día siguiente, en el Club de los Jacobinos, Robespierre indujo al pueblo a la insurrección:
“Cuando el pueblo está oprimido, cuando ya no le queda más que a sí mismo, sería un cobarde quien no le dijese que se levantase. Cuando todas las leyes han sido violadas, cuando el despotismo ha llegado al límite, cuando se pisotea la buena fe y el pudor, entonces el pueblo ha de rebelarse. Ha llegado el momento”.
Los jacobinos se declararon en rebeldía.
El 28 de mayo la sección de la Cité convocó a las demás secciones para el día siguiente en el Obispado, con el fin de organizar la insurrección. El 29 de mayo los delegados de 33 secciones formaron un Comité rebelde, compuesto por nueve miembros; entre ellos estaba Varlet, que fue, sin duda, su animador, y Dobsen, liberados la víspera por orden de la Convención. La Montaña y la “llanura” quedaron solas en la sesión. El 30 de mayo el Departamento se adhería al movimiento.
El 31 de mayo de 1793 la insurrección se desarrolló bajo la dirección del Comité del Obispado, según los métodos aplicados el 10 de agosto. Se tocó a rebato, tocóse a generala y el cañón de alarma tronó. Los portavoces de las secciones y de la Comuna se presentaron ante la baranda de la Convención hacia las cinco de la tarde, mientras la multitud de los manifestantes cercaba las salidas. Fue presentado todo un programa de defensa revolucionaria y de medidas sociales; exclusión de los jefes de la Gironda, casación de la Comisión de los Doce, arresto de los sospechosos, depuración de las administraciones, creación de un ejército revolucionario, atribución del derecho de voto sólo a los desarrapados, fijación del precio del pan a tres céntimos la libra por medio de un impuesto a los ricos, distribución de socorros públicos a los ancianos, a los enfermos y a los parientes de los defensores de la patria. A pesar de la vehemente intervención de Robespierre, dirigida hacia Vergniaud (“Sí, voy a terminar, y contra ustedes”), la Convención votó tan sólo la casación para los Doce. La insurrección había fracasado.
“La patria no está salvada, declaró Billaud-Varenne, por la tarde, a los jacobinos. Habría que tomar grandes medidas de salud pública. Es hoy cuando habría que asestar los últimos golpes a la facción”.
El 2 de junio, domingo, el movimiento volvió a producirse. El Comité rebelde rodeó a la Convención con los 80.000 hombres de la guardia nacional, dirigida por Hanriot, “de manera que los jefes de la facción puedan ser detenidos en el día, caso de que la Convención rehusase convertir en ley la petición de los ciudadanos”. Después de una discusión confusa, la Convención en pleno, detrás de su presidente, Hérault, Séchelles, salió para intentar forzar el asedio. Hanriot ordenó: “¡Artilleros, a vuestras baterías!” Impotente, la Convención volvió a la sala de reuniones y se sometió; decretó el arresto de 29 diputados y de los ministros Clevière y Lebrun. El duelo de la Gironda y de la Montaña, que duraba desde la creación de la Legislativa, había terminado.
* * *
De este modo sucumbió la Gironda. Había declarado la guerra, pero no había sabido dirigirla; denunció al rey, pero retrocedió cuando se le condenaba; había reclamado el apoyo del pueblo contra la monarquía, pero rehusó gobernar con él; contribuyendo a agravar la crisis económica, rechazaba todas las reivindicaciones populares. Con la Montaña, para quien el bienestar público era la ley suprema, los desarrapados subían al poder. En este sentido, las jornadas del 31 de mayo al 2 de junio no tuvieron solamente un simple aspecto político: constituyeron una reacción nacional tanto como un tumulto revolucionario, una reacción defensiva y punitiva contra una nueva manifestación de la conjura aristocrática. El desarrollo del movimiento seccionista en los departamentos dio por adelantado la importancia que tenían estas jornadas. Bajo la máscara de la oposición girondina, la contrarrevolución aristocrática volvía a la ofensiva.
Jaurès, en su Histoire socialiste, ha negado el carácter de clase de las jornadas del 31 de mayo al 2 de junio: cierto que, ateniéndose a su aspecto político y parlamentario, girondinos y montañeses procedían unos y otros de la burguesía (no obstante sería necesario precisar los matices). Pero la eliminación de la alta burguesía, la entrada en escena de los desarrapados, dieron a esas jornadas toda su importancia social. Georges Lefebvre pudo hablar de “la revolución del 31 de mayo al 2 de junio de 1793”.










