Las matanzas de septiembre
Las matanzas de septiembre constituían el punto culminante de este primer Terror. El peligro exterior estaba lejos de haberse conjurado. El 26 de agosto supieron en París la toma de Longwy. La invasión progresaba, avivando la fiebre revolucionaria y patriótica. Al mismo tiempo llegaba la noticia de una tentativa de insurrección en Vendée. El enemigo estaba por todas partes.
Mientras la Comuna daba un nuevo énfasis a la defensa nacional, avanzando los trabajos de atrincheramiento más allá de la ciudad, haciendo que se forjasen 30.000 picas, procediendo a nuevos reclutamientos, desarmando a los sospechosos para armar a los voluntarios, los jefes de la Gironda juzgaban la situación militar desesperada y soñaban en abandonar París con el Gobierno. Roland se preparaba a la evacuación del sur del Loira. Danton se opuso: “Roland, guárdate bien de hablar de huida; teme que el pueblo pueda escucharte”. Los registros domiciliarios autorizados por la Asamblea comenzaron el 30 de agosto; duraron dos días sin descanso. Tres mil sospechosos fueron detenidos y conducidos a prisión; es cierto que varias de estas detenciones no se mantuvieron. El 2 de septiembre había en nueve casas destinadas a prisión aproximadamente 2.800 prisioneros, de los cuales menos de un millar habían entrado después del 10 de agosto.
El 2 de septiembre por la mañana llegó a París la noticia de que Verdún estaba sitiado: Verdún, la última fortaleza entre París y la frontera. Seguidamente, la Comuna lanzó una proclama a los parisinos: “A las armas, ciudadanos, a las armas. El enemigo está a nuestras puertas”. Por orden suya sonó el cañón de alarma, se tocó a generala, a rebato, se cerraron las barreras y se convocó a los hombres útiles en el Champ-de-Mars, para formar los batallones de combate. Los miembros de la Comuna se personaron en sus puestos respectivos. “Explicarán con energía a sus conciudadanos los peligros inminentes de la patria, las traiciones de las que nos vemos rodeados o amenazados, el territorio francés invadido..”.
La Comuna, una vez más, daba ejemplo de impulso patriótico. En esta atmósfera sobreexcitada por el cañón y el rebato, el temor a la traición aumentó. Los voluntarios se preparaban a partir en masa; se extendía detrás de ellos el rumor de que los sospechosos que estaban en prisión iban a levantarse y tender la mano al enemigo. Marat aconsejó a los voluntarios no abandonar la capital sin haber hecho justicia a los enemigos del pueblo.
En la tarde del 2 de septiembre, los sacerdotes “refractarios” que eran conducidos a la prisión de La Abadía fueron ejecutados por sus guardianes, federados marselleses y bretones. Una banda formada por comerciantes, artesanos federados y guardias nacionales llegó a la prisión de Carmes, donde estaban encerrados gran número de “refractarios”; fueron asesinados. Después les llegó el turno a los prisioneros de La Abadía. El comité de vigilancia de la Comuna intervino entonces; se establecieron tribunales populares. En la mente popular el ejercicio de la justicia era un atributo de la soberanía; el pueblo lo recobraba si era necesario. Un comisario de la Comuna declaraba en la noche del 2 al 3 de septiembre: “El pueblo, al ejercer su venganza, ejerce también la justicia”. Durante los días siguientes continuaron las ejecuciones en las otras prisiones: en la Force, en la Conciergerie; después, en el Châtelet, en la Salpêtrière; por último, el 6 de septiembre, en Bicêtre. En resumen, más de 1.110 prisioneros fueron ejecutados, de los cuales tres cuartas partes eran presos de derecho común.
Las autoridades dejaron hacer. La Asamblea era impotente. Los girondinos, aterrorizados, se sentían amenazados. Danton, ministro de Justicia, no hizo nada para proteger las prisiones: “Yo me c… en los prisioneros -declaraba a Mme. Roland-. ¡Que se las arreglen como puedan!” En una circular enviada a los departamentos, el comité de seguridad de la Comuna justificaba su actitud e invitaba a la nación entera a que adoptase “esa actitud tan necesaria para la salvación pública”, indispensable para retener por el terror “a las legiones de los traidores ocultos en nuestros muros en el momento en que el pueblo va hacia el enemigo”.
“Aunque temblando de horror, se la miraba como una acción justa”, se decía de las matanzas de septiembre en los Souvenirs d’une femme de peuple. En efecto, para poder apreciar justamente los acontecimientos de septiembre, es preciso situarlos en función de la época y del ambiente en que se desarrollaron. La crisis revolucionaria, al profundizarse, había definido y endurecido al mismo tiempo las nuevas características de la nación. Las matanzas de septiembre y el primer Terror presentaban un aspecto nacional y social muy difícil de diferenciar. La invasión (los prusianos habían penetrado en Francia el 19 de agosto) constituía un poderoso factor de sobreexcitación. Este período, finales de agosto, primeros de septiembre de 1792, que fue sin duda el mayor peligro de la Revolución, fue también el período en que la nación popular se resentía con más fuerza ante el peligro exterior. Pero el miedo nacional se unió al miedo social: miedo por la Revolución, miedo de la contrarrevolución. La causa aristocrática rondaba nuevamente al espíritu de los patriotas. “Era necesario impedir que los enemigos llegasen a la capital -escribe en su Carnet el dragón Marquant- el 12 de septiembre de 1792, después de haber perdido el puesto de la Croix-aux-Bois, en la Argonne; que degollasen a nuestros legisladores; que devolvieran a Luis Capeto su cetro de hierro y a nosotros nuestra cadenas”. A medida que crecía el miedo y el odio al invasor crecían al mismo tiempo el miedo y el odio al enemigo interno, los aristócratas y sus partidarios. Odio social, y no sólo entre los desarrapados parisinos.
Taine, que no es sospechoso, precisamente, de benevolencia, hizo un esquema en que plasmaba la cólera tan formidable que desencadenó entre las masas populares, la perspectiva de un restablecimiento del Antiguo Régimen y del feudalismo.
“No se trata de elegir entre el orden y el desorden, sino entre el nuevo régimen y el antiguo, pues detrás de los extranjeros se ve a los emigrados en la frontera. La conmoción es terrible, sobre todo en la capa profunda, que es la que llevaba casi todo el peso del viejo edificio, entre los millones de hombres que vivían penosamente del trabajo de sus brazos…, que, bajo los impuestos, despojados y maltratados desde siglos, subsistían de padres a hijos en la miseria, la opresión y el desprecio. Saben por propia experiencia la diferencia de su condición reciente y de su condición actual. No tienen más que recordar para ver en su imaginación la enormidad de los impuestos reales, eclesiásticos y señoriales… Una cólera formidable que va desde el taller a la cabaña con las canciones nacionales que denuncian la conspiración de los tiranos y llaman al pueblo a las armas”.
En ningún otro momento de la Revolución se manifestó con tanta claridad la íntima vinculación del problema nacional y de las realidades sociales. “Deteniendo los progresos de nuestros enemigos, detenemos los de las venganzas populares, que han ido cesando una tras las otras”, escribía Azéma en su Rapport del 16 de junio de 1793. Valmy marcó el final del primer Terror. Ya no era la guardia nacional burguesa de la Federación la que pronunciaba la palabra de “¡Viva la nación!”, sino un ejército de “sastres y zapateros”: los mismos hombres que habían llevado a cabo las matanzas.
Las consecuencias de este primer Terror y de las jornadas de septiembre acentuaron aún más los efectos del 10 de agosto y del derrocamiento del trono.
En el campo religioso, la Asamblea, desde el 10 de agosto, había votado la aplicación de los decretos vetados por el rey, como el del 27 de mayo de 1792 sobre el internamiento y la deportación de los sacerdotes “refractarios”. El 16 de agosto la Comuna prohibía las procesiones y ceremonias exteriores del culto. El 18 de agosto la Asamblea ordenó la disolución de todas las congregaciones que todavía existían; renovó la prohibición que ya había hecho, el 6 de abril de 1792, a los ministros del culto de llevar los hábitos eclesiásticos fuera del ejercicio de sus funciones. El 26 de agosto, la Asamblea dio a los sacerdotes “refractarios” quince días para salir de Francia, bajo la pena de deportación. Estas medidas contra los “refractarios”, que privaban a numerosos municipios de sus sacerdotes, llevaron a un estado civil laico, que se confió a las municipalidades el 20 de septiembre de 1792. Esta importante reforma, primera etapa en la vía de separación de la Iglesia y del Estado, no fue inspirada por un pensamiento de neutralidad laica, sino impuesta por el peso de la necesidad y el espíritu de lucha. Recayó tanto en los “refractarios” como en el clero constitucional, a quien pronto se le quitaron las campanas y la plata de las iglesias; después se pusieron a la venta los edificios. El divorcio quedó instituido el 20 de septiembre de 1792. La ruptura de los republicanos con el clero constitucional estaba próxima.
En el dominio social, los impuestos feudales sometidos a amortización quedaron abolidos y sin indemnización el 25 de agosto, a menos que subsistiese el título primitivo que legitimase su percepción. El 14 de agosto se había decidido que los bienes de los emigrados en venta por decreto de 27 de julio se dividirían en pequeños lotes; la participación de los bienes comunales quedó autorizada. Para resolver el problema de las subsistencias, las autoridades locales ponían un impuesto sobre las mercancías de primera necesidad. La Asamblea terminó por autorizar el 9 y el 16 de septiembre a los directorios de distrito que comprobasen el trigo y los cereales, requisándolos para proveer a los mercados. Rehusó, sin embargo, la tasación. La obra social de la Constituyente también sufría los contragolpes de la victoria popular. Poco a poco se llegó a la reglamentación que pedía el pueblo, sostenido por la Comuna, y a la que los girondinos, que representaban los intereses de la burguesía, eran cerradamente hostiles. Así se precisaba el conflicto entre la Gironda y la Montaña.
En el terreno político, el restablecimiento de la monarquía parecía cada vez más difícil, por no decir imposible. El 4 de septiembre, los diputados expresaron el deseo de que la Convención le aboliese; la Asamblea electoral de París dio un mandato imperativo a sus elegidos. En estas condiciones se desarrollaron las elecciones para la Convención. Las asambleas electorales se reunieron a partir del 2 de septiembre. A pesar de la concesión del derecho de voto a los ciudadanos pasivos, las abstenciones fueron numerosas, sin que, por otra parte, se pueda decidir acerca de la hostilidad del conjunto de los abstencionistas. Únicamente los aristócratas y los cistercienses se abstuvieron por prudencia. Los diputados a la Convención fueron nombrados por una minoría decidida a defender las conquistas de la Revolución.










